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LAS LEGIONES ROMANAS EN EL SIGLO III A.C

Escrito por Tomás San Clemente de Mingo on . Escrito en Antigua

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LAS LEGIONES ROMANAS EN EL SIGLO III A.C

Tomás San Clemente De Mingo

 

 

 

A finales del siglo III a.c, los legionarios romanos se habían convertido en las tropas de infantería más letales del mundo conocido gracias a su movilidad, equipo, disciplina y organización. Habían desarrollado un método de lucha móvil y flexible capaz de hostigar y aplastar a los contingentes tribales ( de la Galia o Hispania) y de dispersar al mismo tiempo a las columnas de las disciplinadas fuerzas falangistas orientales en batallas a campo abierto por medio de maniobras de envolvimiento.
En los siglos III y II a.c, Roma se proyecta en el mediterráneo por medio del despliegue de sus ejércitos. En un primer momento hasta el oeste y sur contra íberos y africanos (270-200 a.c) y luego hacia el este contra los reinos helénicos de Grecia y Oriente Próximo (202-146 a.c).

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La legión romana, que componían entre 4.000 y 6.000 infantes, era en realidad, a finales del siglo III a.C, la unión de treinta compañías llamadas manípulos, cada de una de las cuales estaba compuesta de dos centurias, formadas por entre sesenta y cien hombres y lideradas por un soldado profesional y veterano llamado centurión, maestro en el avance y el asalto a la voz de mando.
Cuando una legión marchaba al campo de batalla, sus setenta centurias formaban tres líneas, cada una de ellas capaz de compactarse en un solo y masivo grupo o de dispersarse en contingentes más pequeños dependientes del terreno y de las características del enemigo. Lo que el diseño táctico de un ejército romano pretendía era precisamente no entrar en un choque masivo y abigarrado con las columnas hostiles, situación en la que o podía ser presa de una maniobra de envolvimiento o bien podía verse dividido por la mayor profundidad de las formaciones enemigas.
Los soldados arrojaban sus jabalinas (Pila) y corrían para luchar de cerca contra sus enemigos con sus espadas cortas ( el famoso gladius de doble filo y forjado con acero hispano). Los escudos rectangulares servían como armas ofensivas, puesto que los legionarios utilizaban sus refuerzos metálicos para golpear las zonas desprotegidas del cuerpo del enemigo. Con la combinación del uso de la jabalina, el enorme escudo y la espada de doble filo, los romanos resolvieron el dilema de elegir entre un ataque con armas arrojadizas y uno cuerpo a cuerpo, entre la movilidad y el choque, y consiguieron combinar ambos.

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Si se compara con la falange macedónica, los ataques con armas arrojadizas sorprendían y herían a los piqueros. A continuación, algunos manípulos se precipitaban al combate cuerpo a cuerpo en aquellos lugares donde las columnas enemigas mostraban mayor debilidad. De igual modo, cuando luchaban contra las tribus del norte de Europa, las legiones podían avanzar en formación, presentando un frente sólido y disciplinado de escudos y espadas capaz de abrirse paso a través de las desorganizadas tropas tribales, que tenían muy pocas posibilidades de éxito frente a un cuerpo de choque en formación cerrada. Contra ambos adversarios, las dos líneas de manípulos que formaban a retaguardia, los principi y los triari, observaban el choque de las hileras de vanguardia, los hastati, impacientes por explotar el éxito inicial o evitar la ruptura de la línea

Las legiones combatían en silencio, avanzaban por la tierra de nadie que los separaba de le ejército contrario hasta llegar a unos treinta metros de la línea enemiga. A una distancia establecida de antemano, la primera hilera lanzaba sus pila, de más de dos metros de longitud, gritando en eses momento por primera vez. De inmediato, cientos de enemigos caían empalados o sus escudos quedaban inutilizados bajo una lluvia de lanzas. A continuación, desenvainando sus espadas cortas, las primeras hileras de legionarios se precipitaban sobre sus adversarios. Sus escudos rectangulares tenían en el centro refuerzos de hierro que utilizaban como arietes, mientras clavaban la espada en extremidades y cabeza. Luego continuaban presionando para explotar las posibles brechas que dejaban los muertos y heridos del enemigo. Seguidamente llegaba un segundo ejército, la línea de principi, y arrojaba sus pila por encima de sus compañeros, inmersos en el choque, para ampliar las brechas creadas por los primeros manípulos. Es decir, se repetía el mismo proceso: carga, lanzamiento de jabalinas y ataque con espadas, que aun reproducía una tercera oleada de legionarios.

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El horror de la guerra no estaba en la reacción, tan natural por otra parte, de las culturas tribales ante el derramamiento de sangre, sino en la estudiada frialdad del avance romano, en la precisión y la falta de sorpresa del lanzamiento de jabalinas y en el manejo de las espadas, en la sincronización de los manípulos en asaltos cuidadosamente planificados. El verdadero horror estribaba en convertir la pasión y el pánico en un asunto predecible, en una ciencia que consistía en matar, teniendo en cuenta las limitaciones de la potencia muscular y de las armas blancas, a tantos hombres como fuera posible.

 

BIBLIOGRAFÍA: DAVIS HANSON Victor: Matanza y Cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental, Madrid, 2004

 

 

 

SALUDOS

 

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Comentarios   

0 #1 Toni 05-04-2014 12:14
Hola.
Por qué poneis una foto de legionarios romanos imperiales, cuando el artículo es de las legiones republicanas?
Un saludo.

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