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ALEJANDRO MAGNO EN EL GRÁNICO

Escrito por Tomás San Clemente de Mingo on . Escrito en Antigua

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Alejandro Magno en el Gránico.

Tomás San Clemente De Mingo

 Fue la primera batalla en la que, el rey macedónico Alejandro Magno, se enfrentaba a los persas y los derrotaba.

Una vez asegurada la situación en Grecia, el joven Alejandro se fija como objetivo continuar con los planes de su padre Filipo(1) y atacar al entonces Imperio Aqueménida. El ataque no cogió desprevenidos a los persas. Darío III, rey de los persas, había subido al trono en el año 336 a.c, en circunstancias un tanto sospechosas. Nadie discutía su soberanía; incluso los sátrapas de las provincias de Asia Menor, en los que Alejandro confiaba para que se unieran a su ataque, quisieron demostrar su lealtad al rey persa librando una batalla. La táctica de Memnón, un griego de Rodas que actuaba al servicio del Gran rey como comandante de la región litoral, no fue aceptada. Este, había propuesto no presentar batalla directa a Alejandro, sino poner en peligro su abastecimiento arrasando los cereales y otras provisiones. Arrasada la tierra, se daría paso a cortar las vías de comunicación con Macedonia para pasar seguidamente a aniquilar al invasor. Pero semejante política de tierra quemada se hallaba no solo en contradicción con la idea que los persas tenían de la soberanía, según la cual el rey era el protector de la tierra y de los campesinos, sino también con los ideales de los sátrapas persas. Estos eligieron, pues, una batalla abierta y situaron sus tropas junto al río Gránico (Biga Çay), al este de la Tróade, en una ventajosa posición defensiva.

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El río protegía la posición, y la llanura que se extendía tras él permitía un despliegue de la principal arma persa, la caballería, que duplicaba a la macedónica y que constituía la elite de los persas. Se sumaban unos 20.000 soldados de infantería, compuesta por mercenarios griegos, sectores de la guarnición persa y contingentes locales, casi todos apostados delante de los jinetes.
En Mayo del 334 (a.c),mediante operaciones de las unidades de reconocimiento de Alejandro, logró que la caballería persa abandonara sus posiciones, para, inmediatamente, atacarla y derrotarla. Mientras las falanges aguantaron a la infantería persa, cruzando el río y presionando a los enemigos, rompiendo la estructura del ejército persa. Una vez más, un ataque de los hetairoi macedónicos al mando de Alejandro, orientado hacia el punto más fuerte del enemigo, fue lo que decidió el resultado de la batalla. El ataque fue arriesgado (Alejandro estuvo a punto de morir). La victoria, con pocas bajas gracias al efecto sorpresa, fue total.

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Con los mercenarios griegos, a los que en el transcurso de la batalla se les cortó la retirada, no se tuvo la menor consideración; en su mayoría fueron degollados. Los que no, fueron enviados como esclavos a las minas macedónicas. El mensaje de Alejandro era claro: todo griego que luchara del lado persa era un traidor que no podía esperar ningún perdón, sino que se merecía el castigo más duro. Trescientas armaduras persas, capturadas como botín de guerra, fueron obsequiadas a Atenea Parthenos, en la acrópolis ateniense.
La famosa caballería persa, pese a su superioridad numérica, había demostrado ser más débil que la macedónica, constituyendo una pérdida de prestigio muy importante.


 

(1) Para las reformas aplicadas en el ejército macedónico, aconsejamos la lectura de:

SÁNCHEZ SANZ, Arturo: Filipo II y el arte de la guerra (HRM ediciones), Zaragoza, 2013.


SALUDOS

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