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LA CABEZA DE LA REINA MARÍA ESTUARDO

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Blog

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FUENTE: larazon.es

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LA CABEZA DE LA REINA MARÍA ESTUARDO

JOSÉ MARÍA ZAVALA

La muerte de María Estuardo, reina de Escocia (1542-1587), siempre me ha conmovido; si bien es cierto que su muerte en vida, tras casi veinte años de penosa reclusión, debió ser para ella peor aún que su propia decapitación. Contamos hoy con el impagable testimonio de Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme (1540-1614), historiador y biógrafo que acompañó a María Estuardo a Escocia. Bourdeille pudo entrevistarse con las dos servidoras de la reina y escuchar de sus labios la descripción detallada de la ejecución.
El día 8 de febrero de 1587 se escribió con sangre una de las páginas más negras en los anales de la monarquía europea. Advirtamos antes que Isabel I de Inglaterra había emprendido una batalla judicial contra su prima María Estuardo pretextando que ésta había asesinado a su segundo marido, el británico Lord Darnley. Tras casi dos décadas de cárcel, Isabel se propuso decapitarla, acusándola esta vez sin pruebas de estar implicada en varias conspiraciones para acabar con su vida y arrebatarle el trono de Inglaterra.
Confesor denegado
La víspera de la ejecución, los representantes de la reina Isabel leyeron a María Estuardo la sentencia de su condena a muerte en el castillo de Fotheringhay, donde permanecía cautiva. En lugar de asombrarse, la regia aludida agradeció la noticia porque anhelaba acabar de una vez con todos sus infortunios. Sólo le preocupaba la salud de su alma. Pidió con tal fin un confesor, que le fue denegado. Ante tan despiadada negativa, hizo su confesión por escrito; y a continuación redactó emotivas cartas de despedida al rey de Escocia y a la reina madre. Cuando terminó las epístolas, congregó a los miembros de su servidumbre y repartió entre ellos todo su dinero; a las mujeres les entregó su guardajoyas privado. Encomendó al mayordomo que dijese a su hijo Jacobo, rey de Inglaterra y de Escocia con el nombre de Jacobo VI, que no tratase de vengar su muerte.
Caída la noche, se retiró a la capilla para rezar durante dos horas. Apenas durmió. Se levantó antes del amanecer y se puso un vestido de terciopelo negro, un jubón de seda carmesí y un velo negro. Dio un pañuelo a una de las camareras, pidiéndole por favor que, cuando se acercase al cadalso, le vendase los ojos. Regresó a la capilla antes de partir por última vez. Luego se entretuvo conversando en su cámara con las mujeres, a quienes rogó que asistieran a la ejecución para contar después todo lo sucedido. Mientras hablaba con ellas, golpearon la puerta. Eran los enviados de Isabel.
Poco después, contempló el patíbulo levantado en el centro de una gran cámara y cubierto con áspera tela de lino. Al entrar, como una de sus servidoras no pudo contener el llanto, la reina se llevó un dedo a los labios para hacerla callar. Subida al cadalso, el verdugo la agarró con rudeza por un brazo, bajó su vestido hasta la cintura y le despojó del jubón, dejando al descubierto la blancura del cuello. Fue entonces cuando, a petición suya, la doncella le vendó los ojos con el pañuelo. La reina se arrodilló sin la menor señal de flaqueza.
El verdugo interrumpió varias veces sus oraciones, pero ella repitió un salmo en latín antes de colocar la cabeza sobre el tajo. Mientras recitaba «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», el ejecutor descargó con todas sus fuerzas un hachazo sobre el cuello regio, pero no bastó para desprender la cabeza del tronco, y tuvo que sacudirle dos más.
La siguiente escena fue el mayor ultraje perpetrado contra un difunto. El verdugo cogió con una mano la cercenada cabeza y la alzó como si fuera un trofeo, prorrumpiendo: «¡Dios guarde a la reina Isabel! ¡Que todos los enemigos del verdadero Evangelio perezcan de este modo!». Arrancó al mismo tiempo la cofia de la reina muerta y dejó al descubierto su cabellera, tan rubia y luminosa antaño, y ahora, con apenas cuarenta y cinco años, toda blanca a causa de los intensos sufrimientos.
Tras despojar el cuerpo sin respeto alguno, el verdugo lo encerró bajo llave en una habitación contigua a la de sus ayudantes. Las camareras de la reina otearon por el ojo de la cerradura el cadáver, cubierto con la funda de una mesa de billar. Allí permaneció hasta que aparecieron los primeros síntomas de descomposición. Sólo entonces lo embalsaron con prisas para el entierro, con el fin de ahorrar gastos. ¿Existía acaso un final más infausto para toda una reina?
Sin rastros de sangre
Coronada como reina de Escocia con sólo nueve meses y criada en la corte de Francia, la también denominada María I de Escocia, hija de Jacobo V de Escocia y de María de Guisa, recibió un trato indigno no sólo para una reina, sino para cualquier ser humano. Tras cortarle la cabeza de tres hachazos, introdujeron su cadáver en un féretro de plomo y lo guardaron in sepulto durante siete meses. Hasta que decidieron darle merecida sepultura en el cementerio de la Catedral de Peterborough, de arquitectura normanda, dedicada a los santos Pedro, Pablo y Andrés. Previamente, la tela que cubría el cadalso, las tablas del suelo y cuantas cosas fueron alcanzadas por la sangre de la reina se quemaron o se lavaron por temor a que fueran convertidas en objetos de superstición. Hoy, sus restos reposan en la Abadía de Westminster, a sólo nueve metros de los de su prima Isabel.

 

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