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EL ACCIDENTE DE PALOMARES (Y 2)

Escrito por Miguel Madueño Alvarez on . Escrito en Contemporánea

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(Continuación).

REACCIONES
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Si el accidente en sí mismo reunió una serie de características interesantes, lo realmente importante desde un punto de vista histórico, por supuesto no humano, fueron las reacciones que tuvieron lugar en las horas, días y semanas después de que se produjera.


La primera reacción inmediatamente después del accidente la protagonizaron los vecinos de Palomares. El desconocimiento llevó a muchos de ellos, tal y como narran en primera persona ante las cámaras, a tocar los restos del avión e incluso de las bombas. Fueron advertidos por las autoridades estadounidenses del peligro que podía conllevar el hacerlo pero cuando ocurrió, ya lo habían hecho.
Fuera del anecdotario típico que rodea un hecho de estas características, el ejército de Estados Unidos mandó inmediatamente un equipo de remediación que delimitó la zona afectada, unas 220 hectáreas, bajo el nombre de Línea Cero. Según el informe del CSN trabajaron en la zona unas 740 personas apoyadas por 100 vehículos, máquinas pesadas y una treintena de navíos.
Un despliegue que tenía como objetivo principal la búsqueda de las cuatro bombas por encima de realizar unas labores de limpieza adecuadas a la gravedad de la situación. Prueba de ello es que el tratamiento de residuos, que según el mismo informe consistió en la recogida de 1400 toneladas de tierra y escombros en casi 5000 bidones que se transportaron a suelo estadounidense, fue insuficiente. Según informes del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) de 1996, se registraron niveles altos de contaminación por plutonio y americio y en el año 2000 se matizó que la profundidad alcanzaba los 45 cm.

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Esto apoya los testimonios de expertos que confirman que parte de los restos y tierra contaminada fue enterrada, y esto condujo a que años después, cuando se llevaron a cabo trabajos de remoción de tierras destinadas a la construcción, esas partículas se liberaran y aumentaran la contaminación.
En cualquier caso, lo realmente importante para las fuerzas armadas estadounidenses era recuperar las bombas y todo parece indicar que el mayor esfuerzo lo dedicaron en eso. Las bombas que cayeron en tierra se hallaron, la primera por la noche el mismo 17 de enero, la segunda a las 9.30 y la tercera una hora después del día siguiente. La cuarta en cambio, que probablemente fue arrastrada por el paracaídas de emergencia hasta el mar, fue rescatada el día 7 de abril.
La reacción española tuvo otros objetivos. Para el gobierno franquista, la única preocupación era que la opinión pública siguiera ausente del grave problema que había causado el accidente. Los medios de comunicación se esforzaron por ocultar el problema y transmitir un ambiente de normalidad.
Los diarios se dedicaron a ocultar lo sucedido con titulares que negaban que hubiera riesgo alguno que se leyeron en el diario Madrid, y otros que atestiguaban que no había ocurrido nada más que un simple accidente entre dos aviones y que no había contaminación radioactiva como los registrados en los diarios Ya y Arriba.
El gobierno franquista decidió, el 7 de marzo de 1966, lanzar un mensaje de tranquilidad que tuviera mayor repercusión y el ministro de Turismo e Información, por aquel entonces, Manuel Fraga, se dio un baño junto al embajador de Estados Unidos Angier Biddle Duke en las playas de Mojacar para demostrar que no había radioactividad. Este acto según Vilarós fue una forma de administrar el terror que obedeció a la necesidad de salvaguardar los intereses económicos españoles que se fundamentaban en el turismo, así como el modelo capitalista, lo que la autora engloba dentro de la bio-política.
Las autoridades españolas no trataron a la zona de Palomares con la gravedad que merecía y no desalojaron a la población a pesar de que el riesgo para la salud era real, y no lo hicieron porque debían mantener la parcela turística intacta, en primer lugar y en segundo, porque el hecho de que aviones estadounidenses sobrevolaran espacio aéreo español con bombas nucleares a bordo podía causar problemas en la opinión pública.

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Cabe mencionar una voz que se alzó por encima de todas las demás quizá por su posición social: fue la duquesa de Medina Sidonia, que se involucró en el suceso y prestó todo el apoyo que pudo para que los vecinos de Palomares fueran atendidos en consecuencia. La duquesa fue encarcelada durante ocho meses por ir en contra del mensaje oficial que el gobierno quería transmitir, pero si su acción fue importante por el hecho en sí mismo, también lo fue el testimonio que dejó para futuros investigadores acerca de la censura y el tratamiento de la información que llevó a cabo el franquismo.
Una vez recuperadas las bombas y realizada la limpieza por parte de los Estados Unidos, ambos países llevaron a cabo un acuerdo conocido como Otero-Hall de carácter científico que pretendía la investigación de los efectos de la contaminación radioactiva en un entorno rural después de haber llevado a cabo los protocolos de limpieza y descontaminación.
Estos acuerdos fueron parejos al proyecto Indalo, que pretendía el seguimiento y la vigilancia de dichos efectos.
Las investigaciones han consistido en un estudio primero sobre los seres humanos, midiendo las cantidades retenidas por los organismos y sus consecuencias, pero también se realizaron estudios sobre animales y plantas destinados al consumo humano, con especial atención en los cultivos y la ganadería. Estados Unidos asumió el coste del suministro de equipos y material científico para llevar a cabo las investigaciones, es decir, se involucró de manera directa en el estudio de los efectos de la radioactividad a pesar de que no había dedicado los recursos suficientes a la limpieza y descontaminación.
Independientemente de las reacciones directas sobre el accidente, hubo otras en paralelo que revistieron también un impacto directo sobre las relaciones diplomáticas.
España aprovechó el accidente para comunicar a la OTAN que no permitiría el uso de sus bases a los países miembros mientras las misiones en cuestión compartieran la ruta con Gibraltar, a modo de presionar sobre sus intereses en el Peñón y por supuesto, hacer daño a la OTAN por la negativa constante a su entrada en la organización.
En cuanto a Estados Unidos, el accidente supuso que España prohibiera los vuelos por espacio aéreo español con armas nucleares a bordo. También hubo una reducción de la operación Chrome Dome llevada a cabo por McNamara, aunque el escándalo internacional que podía haber sido mayor quedo oculto por la actuación de Washington y sobre todo, porque España estaba en una posición delicada y contribuyó a la ocultación de los sucesos. De hecho, España siguió cooperando con Estados Unidos en todos los ámbitos en especial porque necesitaba su apoyo frente a Marruecos y para acceder a las organizaciones internacionales como la OTAN y la CEE.
Sin embargo, la crisis de Palomares contribuyó, junto al accidente de Thule, a que la política geo-estratégica norteamericana cambiara y a que se buscaran nuevas fórmulas de armamento.

CONCLUSIONES

El accidente de Palomares fue el más grave accidente nuclear hasta ese momento. El desencadenante del mismo fue la gran protagonista en la política internacional de la segunda mitad del siglo XX: La Guerra Fría.
Como consecuencia de la rivalidad entre los estadounidenses y los soviéticos, se dio una carrera armamentística nuclear que puso en peligro al mundo entero, tanto por las crisis en las que la amenaza nuclear estuvo presente, como por ejemplo en la crisis de los misiles cubanos de 1962, como en los momentos de relativa tranquilidad.

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De hecho, el accidente de Palomares, así como el de Goldsboro o el de Thule, ponen de manifiesto que se corría un peligro constante y que cualquier parte del mundo, por muy remota, rural o alejada de las zonas de conflicto que estuviera, podía ser víctima del poder destructivo nuclear.
El accidente de Palomares significó la traslación de una guerra entre dos superpotencias al ámbito local y a través de él, los españoles sintieron que el peligro no estaba tan lejos.
El peligro nuclear no sólo estaba en los misiles soviéticos que supuestamente apuntaban a las bases españolas y de todos los países aliados de Estados Unidos, sino en la propia manipulación “amiga” de las mismas, en su traslado, en operaciones como Chrome Dome, en su almacenamiento, en definitiva, en cualquier lugar.
Cualquiera de las bombas de Palomares, de haber explotado hubieran causado efectos radioactivos en un área de 800 kilómetros, lo que hubiera afectado a España, a Portugal a Marruecos y a Argelia de forma directa. Esto hubiera significado que en virtud de un acuerdo hispano-norteamericano, otros tres países habrían sufrido efectos devastadores.
El enemigo era sólo uno de los riesgos, en realidad el riesgo principal era participar en ese juego nuclear, e incluso en el caso de Argelia, no participar.
Otra de las conclusiones que se extraen rápidamente de Palomares es el retrato de los gobiernos y la luz arrojada sobre la posición real de cada país en la Guerra Fría, en especial sobre Estados Unidos y España. Quedó retratada su imagen de superpotencia frente a la postura más delicada franquista, que necesitaba, aún por el año 1966 de la ayuda y el apoyo norteamericano para su desarrollo y por tanto hizo lo que fuera necesario para sobrevivir.
En este punto tal vez conviene separar el concepto de España del concepto de franquismo y parece lícito hacerlo por una razón: el que se consideraba el adalid de la hispanidad, el defensor a ultranza de España: Franco, no actuó, al menos en el caso de Palomares para defender los intereses de los españoles sino para defender los suyos propios. En caso contrario hubiera desalojado a la población de la zona afectada y hubiera asumido sus responsabilidades, sin embargo, pujó por sus intereses que no eran otros que sobrevivir, es decir, luchó porque el turismo no se viera afectado y por mantener unas buenas relaciones bilaterales con los Estados Unidos.

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Para concluir, resulta curioso, sin ánimo de entrar en teorías de la conspiración tan de moda en los últimos tiempos, ni de demostrar algo que no se puede demostrar, la actuación de los Estados Unidos en Palomares. Resulta curioso porque fueron capaces de llevar a cabo una limpieza deficiente e incompleta pero después han coparticipado en el proyecto Indalo durante años.
No fueron capaces de emplear fondos y medios para llevar a cabo la limpieza pero sí para investigar los efectos que tendría la contaminación. El accidente fue un accidente pero se daba el caso de que por primera vez, se presentaba un laboratorio de pruebas en el que se podrían extraer datos de los efectos radioactivos en seres humanos, cultivos, animales criados para consumo humano, en los suelos y en definitiva, en todos los ámbitos.
Esto parece sumamente importante cuando la radioactividad era en 1966 un gran desconocido y Palomares se presentaba como la primera zona agrícola con altos niveles de plutonio que había sido descontaminada mediante el protocolo habitual.
En fin, Palomares fue un accidente terrible que se silenció durante años por la dictadura franquista y que cuando se ha conocido más a fondo por los medios actuales y porque la democracia así lo ha permitido, tampoco ha sido tratado de la manera que merece. Según el CSN los riesgos para las personas son menores a los de la media en cualquier otro lugar pero al tiempo los niveles de plutonio y su descomposición en americio son alarmantes en algunas parcelas. Lo cierto es que el accidente dejó una huella negra en la zona que tardará unos 35000 años en desaparecer y nadie, hoy por hoy, es responsable.


BIBLIOGRAFÍA:

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