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EL PERIODO CLAVE DE LA RECONQUISTA, COMPENDIO DE LA GUERRA MEDIEVAL

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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EL PERIODO CLAVE DE LA RECONQUISTA, COMPENDIO DE LA GUERRA MEDIEVAL

JESÚS CANO DE LA IGLESIA

La historiografía tradicional ha llamado Reconquista al proceso de casi ocho siglos de duración por el cual los núcleos cristianos de resistencia al Islam, partiendo de sus bases en las montañas cantábricas y pirenaicas, avanzaron hacia el sur arrebatando territorios a los musulmanes, hasta completar el dominio de la Península con la conquista de Granada. Sin embargo, en este largo marco temporal, que abarcaría desde el 718 hasta 1492, se sucedieron momentos de mayor o menor intensidad reconquistadora, con resultados desiguales y sonados retrocesos.
En realidad, el auténtico y decidido avance militar cristiano tuvo lugar desde la caída del Califato de Córdoba (1031) hasta la muerte de Fernando III de Castilla y León (1252). E incluso podríamos resaltar dentro de este período un momento especial, el de la primera mitad del siglo XIII: Aproximadamente entre la campaña que dio lugar a las Navas de Tolosa (1212) hasta la conquista de Sevilla (1248) o, como mucho, hasta la caída del reino de Niebla (1262) los reinos cristianos protagonizaron un arrollador avance militar sin precedentes, que dejó la empresa reconquistadora prácticamente liquidada, a expensas de la conquista aplazada sine die del feudatario reino nazarí de Granada. En apenas medio siglo estos reinos cristianos habían incorporado en su provecho más de 200.000 km². Solo la invasión benimerín o meriní de finales del XIII introdujo una ligera incertidumbre, finalmente resuelta en favor de la Cristiandad con la victoria en el Salado. Realmente fue un avance espectacular en el que los cristianos demostraron haber adquirido una superioridad militar hegemónica y sin parangón en el mundo islámico occidental, sin dejar de valorar también los elementos de descomposición interna de las estructuras andalusíes que facilitaron dicho avance y que, en buena medida, se vieron acentuados por las derrotas acumuladas frente a los cristianos desde el siglo XI.

Pues bien, además de intenso y fructífero en acciones militares, estos aproximadamente cincuenta años son también un exponente perfecto de las formas medievales de hacer la guerra. Es algo hoy comúnmente aceptado que la guerra en la Edad Media se escenificaba a través de tres modos de entablar hostilidades: las cabalgadas, los cercos o asedios, y la batalla campal. Sin olvidar que el objetivo principal de la guerra medieval era la captura de los puntos fuertes del enemigo, pues sólo esto proporcionaba un verdadero avance territorial.

Las cabalgadas eran lo frecuente, lo cotidiano, el día a día de la guerra medieval. También llamadas algaradas (o aceifas y razzias por los musulmanes), se pueden definir como incursiones más o menos profundas y rápidas en territorio enemigo, con pocos efectivos, y con regreso igualmente rápido al territorio propio. Los objetivos de una cabalgada eran varios: búsqueda de botín o de abastecimiento; incursión de distracción; incursión de castigo; desestabilización de una comarca, al provocar el malestar de una población que se siente indefensa contra sus gobernantes; desgaste previo a un cerco (estrategia de aproximación indirecta), consistente en la destrucción de toda estructura agropecuaria, cosecha, etc., próxima a la ciudad. En cualquier caso la finalidad de una cabalgada era casi siempre destruir y saquear el territorio hostil, dentro de lo que podríamos considerar como una estrategia de desgaste del enemigo. Era la “guerra guerreada”, como lo llamó Don Juan Manuel. No obstante los límites entre una simple expedición ofensiva y una cabalgada son muy difusos. De hecho, el “fonsado” o expedición atacante de un concejo (la defensiva era el “apellido”) podía transformarse fácilmente en cabalgada.

Los sitios, cercos o asedios eran fenómenos más bien ocasionales. Cuando se pretendía conquistar un punto fortificado, ya sea una ciudad o una fortaleza, se acaba practicando lo que hoy diríamos una guerra de posiciones, gracias a las técnicas de cerco y expugnación de la época. Por un lado tendríamos la llamada expugnación “a furto” o golpes de mano, es decir, asaltos por sorpresa fruto más de la astucia y el engaño, que de la fuerza en sí misma. Por otro, nos encontramos con la expugnación “por fuerça”, o el asalto clásico, en el que el atacante ponía a prueba sus técnicas poliorcéticas o de asedio, con un mayor o menor uso de máquinas de guerra, entre las que se encontraban las basadas en la artillería neurobalística (tendones), ya que la pirobalística (pólvora) sólo aparece de forma regular al final del Medievo, en el siglo XV. Finalmente destacaría el recurso más usado, el bloqueo o aislamiento más o menos completo de la plaza cercada, que buscaba la rendición por hambre del enemigo, lo que daba lugar a negociaciones o capitulaciones antes de llegar a la rendición incondicional. De esta manera, de hecho, cayeron la mayor parte de los puntos fortificados.

Las batallas campales, esto es, el choque clásico de dos fuerzas en campo abierto, era lo excepcional o esporádico. Intentaban evitarse a toda costa, ya que suponía jugárselo todo a un choque frontal, en el que, debido a la excepcional concentración de contingentes humanos muchos eran los riesgos y quizás pocos los beneficios, así como grandes eran también los problemas logísticos: alimentos, forraje para los animales, agua, bastimentos de todo tipo, etc. A la batalla se podía llegar por varios motivos: para hacer frente a un ejército de socorro que acude en ayuda de un punto cercado; para frenar el avance enemigo; como búsqueda de conquistas territoriales posteriores en caso de ganar la batalla; o como consecuencia y evolución de una inicial cabalgada que, fracasada, acaba involucrando a más efectivos de uno y otro bando.

El período en cuestión, que podríamos considerar clave en la Reconquista, se abre precisamente con una batalla campal, Las Navas de Tolosa, la más famosa y probablemente la más espectacular de todas, que no la más decisiva, de estos ocho siglos. De esta rotunda victoria de las armas cristianas sobre el imperio almohade debemos subrayar, sin duda, su carácter excepcionalmente único, motivado por lo que podríamos llamar la “triple singularidad de las Navas”. Fue un choque singular por el hecho mismo de ser una batalla campal, como ya hemos indicado; porque fue la primera gran victoria cristiana en campo abierto después de casi tres siglos, tras los desastres de Zalaca, Uclés y Alarcos; y porque fue buscada expresamente por Alfonso VIII como revancha o venganza de la derrota de Alarcos, algo realmente insólito.

Unos días antes de la batalla, además, los cruzados asaltaron con tormentaria (máquinas de asedio) la ciudad musulmana de Calatrava la Vieja, que optó por capitular. Esta combinación de expugnación “por fuerça” en un primer momento, que servía para que los contendientes tantearan sus fuerzas y posibilidades, y la posterior rendición negociada como solución final, fue la fórmula más usada para capturar una fortaleza o ciudad al enemigo. Cuanta menos resistencia ofreciera el punto cercado, más posibilidades había de que el atacante fuera generoso en las capitulaciones, quien también lo podía ser si su propia situación era precaria y deseaba la conquista rápida de la plaza para no alargar más el sitio.

Un ciclo de malas cosechas y epidemias obligó tanto a castellanos como a almohades a concertar nuevas treguas. Mientras duraron, los cristianos buscaron la recuperación y la unidad, sin embargo en al-Andalus afloraron las viejas diferencias entre los proalmohades y los proandalusíes, y a su vez estallaron rencillas y rivalidades personales en el seno de ambos bandos. Hacia 1224 los castellanos no renovaron las treguas y se retomaban las hostilidades, usando en su provecho esas discordias entre los musulmanes, de modo que los cristianos apoyaban indistintamente a las distintas facciones mientras lograban significativas conquistas territoriales. Es la decadencia y desaparición del imperio almohade y el surgimiento de las terceras taifas.
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En este contexto emerge la figura de Fernando III, rey de Castilla, y a partir de 1230 de Castilla y León unificados en su persona, quien no vacila a la hora de atacar una y otra vez el territorio musulmán, iniciándose de este modo un demoledor período de cabalgadas e incursiones cristianas entre los años 1224 y 1247, que acaban por poner a sus pies todo el valle del Guadalquivir. Se han documentado hasta doce grandes cabalgadas durante este período (las pequeñas incursiones patrocinadas por los poderes locales son casi imposibles de cuantificar), de las cuales ocho fueron comandadas personalmente por el monarca. La de 1224 fue dirigida contra las tierras de Jaén y la comarca de Quesada; la del año siguiente también contra Jaén y la Vega de Granada; en 1225 y 1226 cristianos portugueses saquean la comarca del Aljarafe sevillano, mientras castellanos incursionaban las tierras de Murcia; en 1228 una nueva cabalgada de Fernando III arrasa las tierras de Jaén y de Granada; la de 1229 de nuevo por tierras de Jaén, Granada y Úbeda; en 1231 el noble Alvar Pérez de Castro y el infante Alfonso de Molina dirigen una cabalgada que llega hasta Jerez; en 1235 de nuevo el monarca saquea la comarca de Jaén; en 1236 fronteros cristianos de Andújar algaran las tierras de Jaén y Córdoba, a resultas de la cual acaba cayendo ésta última; las de 1244 y 1245 tienen como objetivo, por enésima vez, las tierras de Jaén y Granada; y finalmente la de 1247 depredó la campiña sevillana. Como consecuencia de todas estas incursiones devastadoras una gran cantidad de poblaciones y fortalezas del alto y medio Guadalquivir cayeron en poder cristiano, como Quesada, Martos, Andújar, Capilla, Baeza, Úbeda, Iznatoraf, Écija, Almodóvar, Lucena, Estepa, Baena, Montoro, Osuna, entre otras muchas.

La gran cabalgada de 1231 acabó transformándose en una pequeña batalla campal, la única que tuvo lugar durante el aguerrido reinado de Fernando III. A sangre y fuego los cristianos saquearon y destruyeron todo lo que encontraron en los campos próximos a Córdoba y Sevilla, sin que ninguna fuerza musulmana se atreviera a enfrentarles. Envalentonados, los cristianos prosiguieron su cabalgada hasta las proximidades de Jerez, desde donde por fin un ejército musulmán, superior en número, les hizo frente, aunque la victoria fue para los castellanos. Fue un choque en campo abierto, entre fuerzas de caballería, al más puro estilo feudal, en el que los musulmanes formaron en haces y los cristianos en tropel o en cuña, si bien la crónica señala que ambos ejércitos también contaban con peones, relegados, eso sí, a una función auxiliar.

La conquista de Córdoba en 1236 ejemplariza una combinación perfecta de la expugnación “a furto” con el bloqueo clásico. Enterados los fronteros cristianos, según algunas fuentes, del malestar de algunos de sus habitantes con las autoridades locales, y con la complicidad de algún vigía musulmán, un grupo de almogávares, es decir, de hombres expertos en la guerra de frontera y en los golpes de mano, aprovechando la nocturnidad, escalaron con rapidez y sorpresa los muros de la Ajarquía, arrabal del sureste de la ciudad, de tal manera que, eliminada o puesta en fuga su débil guarnición, acabaron controlando todo su muro, torres y puertas. Se había conseguido, a modo de “cabeza de puente” poner un pie en el interior de Córdoba. Pero tomar el resto de la ciudad y sobre todo la medina ya no podía ser obra tan solo de un puñado de aguerridos fronteros. Avisado el rey Fernando III, que a la sazón se encontraba en Benavente, acudieron rápidamente refuerzos de todas partes de Castilla, especialmente de la frontera. El mismo monarca llegó presuroso y acampó frente a la ciudad, en la entrada del puente, para cortar la comunicación con Écija y Sevilla. Las huestes de señores, obispos, y las milicias concejiles fueron incorporándose al cerco, que acabó aislando por completo a la ciudad. Cuando sus habitantes comprobaron que un ejército musulmán de socorro se retiraba hacia Sevilla sin entablar combate, no dudaron en capitular.

Cuando a los límites típicos de una hueste atacante se unía una topografía abrupta y escarpada y unas defensas robustas y sólidas en favor de una plaza, las posibilidades de conquistarla a través de un cerco o asedio eran prácticamente nulas. Es lo que ocurría con Jaén. La ciudad acabó en manos de los cristianos no por el empleo de técnicas expugnatorias ni por el bloqueo o aislamiento de su perímetro, cosas ambas que Fernando III intentó infructuosamente en 1225 y 1230, sino como resultado de la acción sistemática de cabalgadas contra su territorio durante veintidós años. Cuando el rey castellanoleonés acampa frente a sus muros en 1245-46 por tercera y definitiva vez, Jaén era como un fruto maduro a punto de caer por su propio peso. De las ocho cabalgadas que Fernando III dirigió en persona durante su reinado, siete tuvieron como objetivo la comarca jienense, además de otros lugares. Durante dos décadas los campos próximos a la ciudad fueron saqueados y destruidos, es decir, que se infligió el mayor daño posible a todas las estructuras de naturaleza agropecuaria mediante la tala de su arbolado, la quema de cosechas, la destrucción de molinos, graneros, acequias, norias, el robo del ganado, etc. Todo esto provocó una extraordinaria merma de los recursos de la ciudad, con la consiguiente reducción de su capacidad de respuesta militar, al mismo tiempo que minaba la moral de sus pobladores. Por tanto, la conquista de Jaén fue producto de una lenta pero tenaz estrategia de aproximación indirecta, destinada a debilitar al enemigo antes de cercarlo. Como precedente más significativo de esta misma estrategia de desgaste previo cabe señalar la conquista de Toledo en el siglo XI por parte de Alfonso VI de Castilla.
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El colofón a todas estas conquistas fue la toma de Sevilla, la capital almohade de al-Andalus y por tanto el principal y más prestigioso objetivo. El asedio a Sevilla entre los años 1247 y 1248 por parte del monarca castellano Fernando III es un paradigma completo de las estrategias y movimientos tácticos que conducían a la conquista de una gran ciudad. Desde el primer momento se buscó el bloqueo completo, lo cual no era fácil dada la extensión y, por tanto, el perímetro considerable de la ciudad, difícilmente abarcable para los exiguos efectivos de los ejércitos de la época. En un primer momento volvió a recurrirse a la estrategia de aproximación indirecta, basada en una guerra de desgaste, es decir, de incursiones y cabalgadas que arrasaran y empobrecieran el campo y las comarcas próximas, como ya hemos visto en el caso de Jaén. Pero en esta ocasión la intensidad y el empuje cristiano llevaron no solo a depredar el terreno, sino también a la conquista sistemática de toda una serie de poblaciones del entorno que dejaron aislada a la capital hispalense. En esta estrategia de envolvimiento, y en menos de un año, los cristianos tomaron Lora, Carmona, Alcalá de Guadaira, Cantillana, Guillena, Gerena y Alcalá del Río. Solo desde la comarca del Aljarafe podían llegar suministros a la ciudad.

A continuación se procedió al cerco propiamente dicho de la ciudad con la instalación de varios campamentos cristianos ante sus puertas y accesos. Hubo salidas o espolonadas de los defensores contra ellos sin ningún logro. También hubo pequeños asaltos a la fuerza que solo dieron como resultado el dominio de algún arrabal débilmente amurallado. La ciudad se mantenía firme mientras le llegasen recursos del Aljarafe, al otro lado del Guadalquivir, a través del castillo de Triana y el puente de barcas que lo unía con la ciudad. Algunas partidas cristianas hostigaron el Aljarafe y entablaron combates con los defensores de Aznalfarache pero sin consecuencias.

Entonces, una flota castellana se hizo con el control del río y cortó el puente de barcas. Sin embargo, utilizando diversas embarcaciones, los musulmanes de Sevilla lograron mantener el contacto con la otra orilla. Por consiguiente, Fernando III ordena un asalto general contra Triana. Este ejemplo de expugnación “por fuerça”, en el que se usaron máquinas de aproximación y de tiro, así como minas, terminó, como tantos otros, en fracaso. En realidad, muy pocas veces un punto fortificado caía por el simple uso del asalto. No olvidemos que la Edad Media fue una época en la que los elementos defensivos superaban claramente en eficacia a los ofensivos, y que bastaba un puñado de hombres bien abastecidos para, desde una fortaleza, resistir a un enemigo muy superior en número y recursos.
Al final, la reducida flota castellana logró realizar un intenso control de las dos orillas y de este modo la ciudad quedó completamente bloqueada. Pocos días después, y sabedores sus habitantes de que no recibirían ningún socorro de otras fuerzas musulmanas, Sevilla se rendía.

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Conclusión: el cerco había durado lo que los cristianos tardaron en rodearla físicamente por completo. Las acciones directas o asaltos podían ser eficaces contras fortalezas o frente a pequeñas ciudades, pero ante una gran urbe como era Sevilla el asalto precisaría de una superioridad numérica abrumadora y de la construcción, llegado el caso, de torres de asalto, elementos de los que no dispusieron los castellanos en este caso. De este modo, el bloqueo o aislamiento total para buscar la rendición por hambre solía ser un recurso más barato y eficaz y, en consecuencia, el mayormente usado.

Tras la caída de Sevilla muchas poblaciones se entregaron sin lucha a los castellanos o establecieron pactos de sumisión, por lo que la frontera llegó incluso hasta Jerez y Cádiz. Por tanto, desde 1200, cuando el Tajo venía a marcar el límite sur del dominio cristiano, hasta 1250, con Vejer como dominio castellano más avanzado, la frontera había avanzado unos 400 kilómetros.

El avance tan fulgurante por el valle del Guadalquivir había tenido su paralelo en las campañas de Alfonso IX de León, quien por la parte extremeña había conquistado Cáceres en 1229 y al año siguiente Mérida, Badajoz y Elvas. Cuando el caudillo antialmohade Ibn Hud, que a la sazón controlaba buena parte de al-Andalus, tuvo noticias del cerco de Mérida, acudió con un ejército a socorrerla. El rey leonés le hizo frente en campo abierto, en Alhange, y los musulmanes fueron rechazados. Se trató, por tanto, de otra pequeña, pero igualmente ocasional batalla campal. Sin embargo, la prioridad estratégica castellana en el avance por el Guadalquivir había dejado una auténtica “bolsa” de resistencia musulmana en Extremadura, que no fue eliminada hasta la conquista de Trujillo en 1233 y el consiguiente desplome del sector integrado por todas las plazas situadas al sur: Medellín, Santa Cruz, Magacela,… Apenas dos años antes de la llegada de Fernando III frente a Sevilla, en 1246, había concluido la Reconquista en tierras extremeñas con la ocupación de Montemolín. Esto puede explicar también las dificultades en el cerco de Sevilla, pues apenas había dado tiempo a un control cristiano efectivo de la Sierra norte hispalense. La expansión de Portugal por el Alentejo y el Algarve en esos mismos años culminaron con la ocupación de Faro en 1249, con lo que se daba por concluida la reconquista portuguesa.

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Este período no fue menos fecundo en actividades bélicas en el ámbito mediterráneo, donde catalanes y aragoneses expandieron el dominio cristiano por Baleares y Valencia respectivamente. De resonancia especial fue la conquista de Mallorca en 1229 por Jaime I de Aragón. La ciudad fue bloqueada y sometida a un duro asedio, ya que los atacantes no renunciaron nunca a su expugnación por la fuerza. Hubo un uso significativo de máquinas de guerra, tanto por los sitiadores como por los defensores, si bien acabó imponiéndose la poliorcética cristiana y el empleo de minas para derribar las defensas. De este modo, la conquista de Mallorca fue un ejemplo de ciudad tomada a viva fuerza, al asalto clásico y frontal. En estos casos no había piedad con la población vencida. Como tampoco la hubo con los musulmanes de Úbeda en 1212, ciudad tomada también a la fuerza a resultas de la victoria unos días antes en Las Navas, y en cuyo asalto, por cierto, se distinguieron también los zapadores aragoneses.

El reino musulmán de Valencia empezó a ser sometido al duro castigo de las cabalgadas devastadoras, acompañadas de acciones expugnatorias, desde 1229, que dieron como resultado la ocupación de plazas como Monleón, Morella, Burriana, Peñíscola, o Castellón entre otras. En 1235, una gran cabalgada dirigida por el propio Jaime I culmina con el dominio de la torre de Montcada, a escasos kilómetros de Valencia. Era el anuncio de la ofensiva directa sobre la capital. Pero entonces un ejército musulmán considerable marchó contra la pequeña posición fortificada de El Puig, ocupada hacía poco tiempo por los catalano-aragoneses. Los defensores rehúsaron resistir tras sus muros y salieron a campo abierto. Se produjo entonces la única batalla campal de envergadura en la conquista del reino de Valencia, que se saldó con una rotunda victoria cristiana. A continuación capitularon numerosas plazas que permitieron a los cristianos estrechar el cerco sobre la capital: Almenara, Paterna, Uxó y Nules entre otras. Siguiendo la misma estrategia de aproximación indirecta que se repetiría con Sevilla, las fuerzas de Jaime I depredarán la huerta próxima a Valencia hasta privarla de todo recurso del exterior. Cuando su ejército logró un número suficiente de efectivos se procedió al bloqueo y asedio de la ciudad, que acabó capitulando en octubre de 1238. Con la conquista de Denia y Játiva en 1244, y de Biar en 1245, Aragón finalizaba “su reconquista” por la zona de expansión adjudicada en los tratados con Castilla. Por esos mismos años, el futuro Alfonso X completaba la ocupación del reino musulmán de Murcia, que incluía todo el espacio comprendido entre Lorca y Alicante, y que se entregó a los castellanos sin apenas resistencia.

Por supuesto que tanto antes como después del período analizado hubo también significativos episodios bélicos de diversa índole. Para antes del 1200 baste recordar las batallas de Zalaca, Uclés o Alarcos, los cercos de Toledo y Valencia, los asedios a Lisboa y Almería, o las cabalgadas hasta el mismo corazón de al-Andalus en los tiempos del Alfonso VI y Alfonso VII, como sucesos más destacados. Para después de 1250 no podemos obviar la pugna por el control del estrecho de Gibraltar, que tuvo su momento álgido con las campañas de Alfonso XI de Castilla, auténtica guerra de asedio y expugnación castral en la que sobresalió la conquista de Algeciras, completada con la decisiva batalla campal del Salado. Y por supuesto, tampoco las campañas finales de conquista del Reino de Granada, iniciadas a comienzos del siglo XV con la toma de Antequera por el regente don Fernando y culminadas con la guerra final de 1481-1492 por los Reyes Católicos, con un protagonismo destacado de la recién aparecida artillería pirobalística o de fuego. Todo ello dejando completamente al margen las operaciones militares habidas en los enfrentamientos entre reinos cristianos, más frecuentes en el bajo medievo, cuando la frontera islámica ya no era el principal peligro. Sin embargo, la intención de este artículo ha sido la de subrayar cómo el período clave de la Reconquista, que podríamos establecer en la primera mitad del siglo XIII, coincidió, no solo con un avance arrollador de las fuerzas cristianas, sino también con una intensa puesta en escena de todos los recursos bélicos que componían la guerra en el Edad Media.

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Bibliografía:
* GARCÍA FITZ, FRANCISCO, Castilla y León frente al Islam. Estrategias de expansión y tácticas militares (siglos XI-XIII), Universidad de Sevilla, 1998.
* SÁEZ ABAD, RUBÉN, Los grandes asedios en la Reconquista de la Península Ibérica. Madrid, Ed. Almena, 2009.
* HUICI MIRANDA, AMBROSIO, Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas. Universidad de Granada, 2000.
* GONZÁLEZ, JULIO, Las conquistas de Fernando III en Andalucía. CSIC, Instituto Jerónimo Zurita, 1946, edición fascímil de Maxtor, Valladolid, 2006.
* GONZÁLEZ, JULIO, cap. IV La reconquista, en Historia de España de Ramón Menéndez Pidal, tomo XIII, Espasa Calpe, 1985.

 

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