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CARLOS "EL CABEZUDO", EL REY FRANCÉS QUE MURIÓ DE UN GOLPE EN LA CABEZA EN LOS ALBORES DEL IMPERIO ESPAÑOL

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Moderna

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FUENTE: abc.es

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CARLOS "EL CABEZUDO", EL REY FRANCÉS QUE MURIÓ DE UN GOLPE EN LA CABEZA EN LOS ALBORES DEL IMPERIO ESPAÑOL

CÉSAR CERVERA

Los cronistas franceses mencionan a Carlos VIII con el apodo de «El Afable» o incluso de «El Victorioso», mientras que los españoles le llaman Charles el de la Cabeza Gruesa o directamente «El Cabezudo» en tono burlesco, como las Crónicas del Gran Capitán dejan referido. Un apodo que se demostraría irónicamente letal, puesto que el francés murió de un fuerte golpe en la cabeza en 1498. Falleció al regreso de una fallida campaña en Italia donde ya intuyó lo que en el siglo XVI se vería con claridad: el Imperio español, y no Francia, era la potencia designada para dominar el continente con mano de hierro.
Tras recuperarse económicamente de la interminable Guerra de los 100 años, pocos europeos habrían dudado a mediados del siglo XV de que el Reino de Francia iba a dominar el continente sin oposición en el futuro próximo. Su buena disposición geográfica y su potencial demográfico, entre otras razones, hacían que nadie en Europa tuviera la capacidad de presentarle oposición, salvo un invitado inesperado: la Corona española que encarnaba la unión de reinos entre los Reyes católicos. España se atrevió a inmiscuir su acero en Italia porque por fin había completado la Reconquista de la península con la rendición de Granada en 1492 y porque el oro de América había dado un vuelco a su hacienda real.

"El Imperio español, y no Francia, era la potencia designada para dominar el continente con mano de hierro"

Después de que Juan II de Portugal rechazara en 1491 el arriesgado proyecto de Cristóbal Colón, el navegante decidió trasladar la propuesta al Rey de Francia, que no era otro sino Charles el de la Cabeza Gruesa. No en vano, fray Juan Pérez consiguió persuadir a Colón de que lo intentara antes en la corte de los Reyes Católicos. Así, mientras los Reyes Católicos finiquitaban la Conquista de Granada, desde el otro lado del océano llegaba una noticia que cambiaría el destino de Castilla y que resquebrajaría las esperanzas galas de hacerse dueña de Europa: Cristóbal Colón había abierto la puerta a la colonización de una vasta tierra donde los españoles, hambrientos de gloria, iban a desenvolverse con asombrosa presteza.

España contra Francia, el génesis de una rivalidad

Enfermizo por naturaleza y de constitución frágil, Carlos VIII recibió una educación deficiente a causa de las turbulencias políticas que vivió en su infancia. A la muerte de su padre, Carlos heredó con 13 años el trono pero hasta su mayoría de edad el control del reino estuvo bajo la regencia de su hermana Ana de Beaujeu y de su cuñado Pedro II de Borbón. La legitimidad de esta regencia fue puesta bajo cuestión en la llamada «Guerra Loca», que confrontó la autoridad real a la de los principales nobles del reino, entre ellos el duque de Orléans, hermanastro de Carlos y futuro Rey de Francia con el nombre de Luis XII. No obstante, el matrimonio de Carlos con Ana de Bretaña, que completó plenamente la anexión del Ducado de Bretaña a Francia, marcó en 1491 el auténtico inicio de su reinado. El Rey pudo desprenderse al fin de la tutela familiar.

Inspirado probablemente por la obsesiva lectura en su infancia de libros de caballería, Carlos VIII aceptó el reto en 1495 que veladamente le fueron lanzando los muchos exiliados italianos que pululaban por la corte francesa pidiéndole intervenir en el Reino de Nápoles. Se lo reclamaban en virtud de los derechos dinásticos de la Casa de Anjou sobre estos territorios; y él accedió. Por entonces, Italia era un conjunto de ciudades-estado, entre las cuales brillaba por su importancia Milán, Florencia, Venecia y Nápoles. Por su parte, el Papa se encargaba de mediar y malmeter entre estos estados desde Roma usando como brújula política el lema de «fuori i barbari» (fuera los barbaros). Cuando el Rey Ferrante il Vecchio, de la dinastía aragonesa de Nápoles, murió el 25 de enero de 1494, el Papa envió a su hijo Alfonso su apoyo y advirtió a Carlos VIII de lo inapropiado de que se lanzara a la conquista de la bota de Italia, como de hecho estaba planeando.

En su libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), Antonio Muñoz Lorente narra de forma apasionante como el Rey francés decidió hacer oídos sordos al aviso del Papa español Alejandro VI y emprendió la invasión de Italia con un ejército de aproximadamente 40.000 hombres. Tanto a su paso por Saboya como por Florencia, cuyo control arrancó de las manos de la célebre familia de los Medici, Carlos VIII fue recibido como si ya fuera el soberano de toda la península. Una percepción que se debía más al miedo que a lo galante de su figura. De baja estatura, extraños andares y, entre la leyenda y el mito, un balanceo involuntario de su cabeza a modo de tic, el monarca no causó buena impresión a los príncipes italiano, sino todo lo contrario. Fue estimado por un hombre «iletrado» y «descortés».
Pero más allá de la amistad o en muchos casos subordinación de los nobles italianos, Francia necesitaba contar con el apoyo de los Reyes Católicos si quería anexionar Nápoles sin abrir de paso un conflicto internacional. Nápoles había sido conquistado por el Rey aragonés Alfonso «El Magnánimo» en 1443, aunque lo consideró una posesión personal y lo legó a su muerte a su hijo bastardo Ferrante. Ahora que Ferrante estaba muerto, Francia pretendía invocar los derechos de la Casa de Anjou anteriores a la conquista aragonesa, lo cual presumiblemente no iba a ser del agrado deFernando «El Católico». Buscando evitar la confrontación, Carlos se reunió cerca de Roma con el embajador de los Reyes españoles, Antonio Fonseca, tratando de renovar el acuerdo alcanzado en el Tratado de Barcelona de 1492, pero consiguió precisamente lo contrario: «Lleva Fonseca la orden tajante de que llame la atención a Carlos sobre el capítulo referente a esto; y si no se aviene a ello, rompa ante sus mismos ojos el original del antiguo pacto proclamando las enemistades», escribió Martín de Anglería. Y así cumplió Fonseca, que rasgó la capitulación de la concordia ante los ojos del monarca galo, «pues Vuestra Alteza ha quebrantado su palabra y borrado los capítulos, doy los demás por nulos».

El triste regreso a Francia y un accidente mortal

Tras una breve estancia en Roma, Carlos continuó hacia Nápoles, donde Alfonso II –el hijo de Ferrante– partió rápidamente al exilio, perdiendo la cabeza por el camino, y abdicó en nombre de su hijo Ferrante II, de 27 años. Perdido el reino, padre e hijo pidieron auxilio a los Reyes Católicos, quienes ordenaron reclutar una fuerza de peones castellanos y pusieron a Gonzalo Fernández de Córdoba –un segundón de la nobleza castellana que había brillado en las últimas fases de la guerra de Granada– al frente de esta fuerza expedicionaria, la primera que salía de España en muchos siglos, con el objetivo de frenar las ambiciones francesas. Al contrario de lo que cabría pensar, Castilla –motor central del Imperio– había mantenido históricamente buenas relaciones con Francia hasta su unión con la Corona de Aragón, que había sido enemiga de Francia durante todo el siglo XV a razón de intereses cruzados en el Mediterráneo occidental. El envío de un contingente castellano, bajo dirección de un comandante castellano, en defensa de unos intereses tradicionalmente considerados aragoneses supuso un cambio de rumbo y marcó el principio del fin de la presencia francesa en Italia.
Incluso ya antes del desembarco del que a la postre se convertiría en el Gran Capitán por sus victorias sobre los franceses, Carlos VIII había comenzado a ceder terreno debido a la alianza que las principales ciudades-estado del Norte de Italia habían firmado contra él. Su aparatosa entrada en la península había convencido a Milán, Venecia y Mantua de los peligros que enmascaraba esa renovada curiosidad francesa por los asuntos italianos. Tras sufrir un revés en Fornovo, que redujo la presencia de Francia a unos escasos reductos norteños y a unos pocos aliados, Carlos VIII regresó a finales de 1495 a su país para poner las cosas en orden en su casa. Desde allí presenciaría impotente como el desconocido Gonzalo Fernández de Córdoba se transformó en el Gran Capitán, casi una leyenda, al arrebatar Nápoles a los franceses en un alarde de genio militar. Finalmente, el francés jamás consiguió volver a esa tierra de las aventuras que tanto le había maltratado.

El Gran Capitán, en la batalla de Ceriñola

Una de las principales figuras de la ilustración francesa, Voltaire, resumió siglos después la imagen negativa que dejó la fracasada incursión del maltratado Carlos VIII: «Cuando los franceses de cabeza loca se fueron a Italia ganaron torpemente Génova, Nápoles y la sífilis. Luego los echaron de todas partes. Les quitaron Génova y Nápoles. Pero no perdieron todo, porque les quedó la sífilis».
Carlos VIII murió en el Castillo de Amboise en abril de 1498. Saliendo de la habitación de la Reina con la intención de contemplar el juego de la pelota en los fosos del castillo, Charles el de la Cabeza Gruesa sufrió un golpe en la cabeza con el dintel de una puerta de una galería todavía en construcción. Aunque en un principio logró recuperarse y presenció el juego de la pelota, mientras miraba el espectáculo, conversaba con su confesor, el obispo de Angers, súbitamente perdió el habla y cayó desplomado después de emitir palabras confusas. Solo nueve horas más tarde, el Rey murió a causa de una fractura en el cráneo a las once de la noche de ese mismo día. Como la pareja no dejó sucesor, la Corona pasó a su hermanastro, el duque de Orléans, representante de la familia Valois-Orléans, que subió al trono con el nombre de Luis XII y se casó también con Ana de Bretaña. Asimismo, Luis XII siguió la guerra en Italia donde la dejó Carlos VIII, que se encontraba en los preparativos de una nueva expedición en Italia cuando le había alcanzado el accidente mortaL.

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