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EL DESHIELO DE LOS GLACIARES EN EL NORTE DE ITALIA REVELAN CADÁVERES DE SOLDADOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Escrito por Tomás San Clemente de Mingo on . Escrito en Noticias

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THE TELEGRAPH

 

 

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EL DESHIELO DE LOS GLACIARES EN EL NORTE DE ITALIA REVELAN CADÁVERES DE SOLDADOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL.

Tomás San Clemente De Mingo.

Traducción de Francisco Javier Illescas

 

Los glaciares de los Alpes italianos se están derritiendo lentamente revelando los horrores de la Gran Guerra , conservados durante casi un siglo . El lento deshielo de los glaciares de los Alpes italianos nos descubre los horrores de la Gran Guerra, ocultos durante casi un siglo. Laura Spinney, en The Telegraph, nos llama la atención sobre ello. Peio es una pequeña localidad en la provincia de Trento, de menos de dos mil habitantes muy popular entre la clase media italiana y cierto segmento de turismo internacional merced a su estación de esquí. Pero también supone un recordatorio constante de la I Guerra Mundial… En su momento fue la posesión más alta del entonces Imperio Austro-Húngaro, y supuso un punto caliente de primera línea en lo que se vino a llamar la “Guerra Blanca”, entre Italia y el Imperio.

¿A qué fue debido este enfrentamiento entre las dos potencias? Simple: en 1914, tanto el Trentino como Tirol del Sur eran regiones pertenecientes a los austriacos (los Habsburgo), y la recientemente unificada nación italiana, deseosa de terminar su unificación territorial, reclamaba esos territorios como suyos. Esa fue la razón por la que, en 1915, Italia abandona laTriple Alianza y se alinea del lado aliado (la triple entente) contra los austro-húngaros (que no contra los alemanes), abriendo un tercer frente en un conflicto al margen de los teatros de operaciones “clásicos” (frente occidental contra Francia y frente oriental contra Rusia) de esta conflagración llamado “Guerra Blanca”.

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Este frente se extendía desde los Alpes Julianos, en la frontera con la actual Eslovenia, hasta la Sierra de Ortles (Ortler en alemán), al lado de la frontera occidental de Suiza.

Este tercer frente implicó una nueva manera de hacer la guerra, puesto que estamos hablando de situaciones de combate en posiciones situadas en cotas superiores a los 6.500 metros. Los italianos disponían de tropas adaptadas para el combate en ese terreno: los Alpini, tropas de montaña instituídas en 1872, reconocibles por su tocado, la gorra llamada “capelo alpino”, cuyo rasgo más distintivo es la pluma que en su lado izquierdo se lleva: de cuervo –negra- para la tropa, de águila –marrón- para suboficiales y oficiales de más bajo rango, y de oca –blanca- para la oficialidad. El disco de lana que sirve de soporte para este complemento cambia de color en función del batallón al que se pertenece.

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Los austríacos, en cambio, no disponían de tropas aclimatadas a este terreno, así que hubieron de reconvertir tres regimientos de tropas de infantería montada, los Kaiserschützen –fusileros del emperador-, que fueron redefinidos siguiendo el modelo de los propios “Alpini” italianos y desplegados en las fronteras del Tirol y Vorarlberg (limítrofe con el Lago Constanza). Ambos eran cuerpos altamente especializados que contaban con apoyo específico de artillería e ingenieros que construyeron una eficiente infraestructura de guerra en altura, adaptando trincheras e instalaciones auxiliares en el mismo hielo, tendiendo cableado de telecomunicaciones, y creando originales sistemas de transporte de hombres y pertrechos incluso en tan adversas situaciones. 

Durante las décadas siguientes, y a causa del conocido como “calentamiento global”, los glaciares empezaron a fundirse permitiendo que aflorasen a la superficie muchos restos impresionantemente bien conservados de esta “Guerra Blanca”. Son especialmente significativos una carta dirigida a una tal “María” que nunca pudo ser enviada, o una oda a un piojo garabateada y conservada en el diario de un soldado en la que lo califica como “amigo de mis largos días”.

Esta noticia no es reciente, pero sí que ha vuelto a salir a la palestra a raíz del entierro de dos soldados austrohúngaros de 18 y 19 años el pasado mes de Septiembre en el pequeño cementerio de esta nacionalidad que encontramos a las afueras de Peio, junto a la iglesia de San Rocco, un curioso edificio del siglo XV. No es raro encontrar cadáveres en los glaciares, y en este caso aparecieron los cadáveres momificados –extraordinariamente bien conservados- de estos dos muchachos que conservaban, incluso, su pelo rubio. Habían sido enterrados boca abajo por sus compañeros en una grieta, y presentaban sendas heridas de bala en sus respectivos cráneos. Además de sus uniformes reconocibles, uno de ellos conservaba incluso una cuchara en la caña de su bota, costumbre muy extendida en el frente al viajar de trinchera en trinchera, puesto que comían todos juntos de una olla comunitaria. 

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El testimonio del enviado de la Oficina de Patrimonio Arqueológico de Trento, Franco Nicolis, es altamente revelador en cuanto al estado general de estos dos últimos cadáveres encontrados: “Mi primer pensamiento fue para sus madres, se sienten como contemporáneos, salieron del hielo casi como entraron. Es muy probable que sus madres nunca supiesen cuál había sido su trágico destino, ni donde estaban sus cuerpos.
Una de las rarezas de este conflicto en este escenario fue que ambos bandos reclutaban “voluntarios” locales que conocían bien el terreo para que ejerciesen de guía o de asesores a la hora de ocupar posiciones. Ello llevó a situaciones extremas en las cuales había familias enteras cuyas lealtades estaban divididas. El mismo Franco Nicolis nos explica sobre ello: “Hay muchas historias de personas que oyeron las voces de un hermano o un primo en el fragor de la batalla”.

No obstante, pese a la dureza de los enfrentamientos, el mayor enemigo de estos soldados fue el tiempo y la dureza de este escenario natural: las temperaturas inferiores a treinta grados bajo cero y los aludes –la “muerte blanca”- cobraron miles de víctimas.

Los habitantes de Peio viven con especial intensidad este periodo a causa de la cantidad de historias que sobre él se conservan. Ello es así porque, a diferencia de otras localidades de la zona, aquí los habitantes se quedaron en su pueblo negándose a ser evacuados. Su alcalde,Angelo Dalpez, se pronuncia al respecto: “Tratándose del pueblo más alto del Imperio se trataba de un punto simbólico. Ellos trabajaron como portadores, camilleros y transportadores de alimentos. Atendían a los heridos, enterraban a los muertos y fueron testigos de la radical transformación de su paisaje natural (a causa de los bombardeos artilleros)”.
En 1919, con el tratado de Saint-Germain-en-Laye, se concede el Trentino a Italia, realizado de forma tremendamente pacífica. Toma la palabra de nuevo Franco Nicolis, que nos indica que: “Fue una transición completamente lisa. Aquí la gente siempre se había sentido autónoma, en una región montañosa fronteriza, y, bajo la nueva disposición, el gobierno italiano les sigue otorgando una amplia autonomía. Continuaron bebiendo su grappa, comiendo sus Knödel, y hablando italiano –que era una de las 12 lenguas oficiales del Imperio-, pero nunca olvidaron su Historia: muchos de los suyos habían luchado en el bando de los Habsburgo y, cuando comenzaron a aparecer los cuerpos por el deshielo, no pudieron evitar verlos como si fueran sus padres, abuelos o bisabuelos”.

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Esta cuestión se hizo evidente durante el año 2004, cuando el director del Museo de la Guerra de Peio, Maurizio Vicenzi –cuya familia combatió del lado austríaco- tropezó con los restos momificados de tres soldados de esa nacionalidad colgando boca debajo de una pared de hielo cerca de la localidad de San Matteo, a unos 4.000 metros. Los tres estaban desarmados y tenían vendas en sus bolsillos, lo que hace suponer que eran camilleros o algún otro tipo de cuerpo sanitario auxiliar que cayeron el tres de Septiembre del 18. Cuando se le dio permiso a un patólogo forense para que tomase muestras y examinase los cuerpos para comprender mejor el proceso de su momificación, la población local se manifestó mayoritariamente en contra al entender que esos cuerpos iban a ser de esa manera profanados. Estos tres camilleros reposan en paz actualmente en el ya citado cementerio de San Rocco, junto a los dos hallados en el glaciar Presena citados al principio. Sus tumbas son anónimas, pese a los esfuerzos del antropólogo forense Daniel Gaudio, en Vicenza, que no suele tener problemas al disponer de muestras frescas de ADN y un amplio abanico de familias locales con las que compararlo.
Maurizio Vicenzi no se paró ahí, y continuó su búsqueda de restos: en 2005, en el paraje conocido como “Punta Linke”, a algo más de 2.000 metros sobre Peio, encontró una cueva natural en el hielo y una nada despreciable cantidad de material dispersado sobre la superficie: cascos de acero, polainas de paja, armas, cajas de munición… Y descubrió una estructura debajo. Se investigó, y consiguieron excavar una cabina de madera, que resultó ser una estación de suministros que llegaba a través de los sistemas funiculares tendidos por los ingenieros. La cabina está construida en la cima rocosa de Punta Linke, y detrás de ella encontramos un túnel de unos 30 metros que pasa a través de ese pico. En ese túnel, lleno de hielo, se descubrieron muchas otras cabinas de madera que eran empleadas para salvar un desnivel de 1.000 metros a través del glaciar hasta la línea del frente. 

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Se descubrió también el motor que animaba estas cabinas: una maquinaria marca “Sendling”, fabricada en Munich, desmantelada por los austríacos en retirada y ahora restaurada. Los arqueólogos encontraron allí tres documentos fijados a la pared: un manual de instrucciones escrito a mano para el manejo del motor, una página del periódico Wiener Bilder, que mostraba a ciudadanos vieneses haciendo cola para conseguir alimentos, ya escasos en el Imperio en esa época cercana a su desmoronamiento, y una postal dirigida a Georg Kristof, cirujano del cuerpo de Ingenieros, de su esposa en Bohemia: nos muestra a una mujer durmiendo plácidamente que firma en checo: “Tu amante abandonada”.
Dentro de las vitrinas del Museo de la Guerra de Peio encontramos rústico material quirúrgico que el propio Kristof podría llegar a haber utilizado. Pero no sólo eso, sino que también cosas de uso cotidiano como rosarios, pipas de porcelana decoradas al estilo tirolés, tallas realizadas en las propias trincheras a partir de casquillos de bala, piedras o conchas. Multitud de objetos recopilados a través de los años y donados en estos 10 años que el museo tiene de vida, muchos de ellos, por los propios habitantes de Peio, que ven a esta institución como parte de su patrimonio colectivo.

Más de 80 soldados han sido encontrados en las últimas décadas. Un testimonio mudo de un conflicto cruento al que no se le ha dado toda la importancia que debería y que tiende a pasar desapercibido.

SALUDOS

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