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TEMPLARIOS: LA SANGRIENTA DEFENSA DE SAN JUAN DE ACRE DURANTE LA ÚLTIMA CRUZADA

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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TEMPLARIOS: LA SANGRIENTE DEFENSA DE SAN JUAN DE ACRE DURANTE LA ÚLTIMA CRUZADA

MANUEL P. VILLATORO

Hablar de los templarios es hacerlo también -y de forma irremediable- de sus mitos y sus misterios. De su leyenda negra y del ocultismo que les rodea. Sin embargo, la realidad es que fueron una orden formada pormonjes guerreros que destacaron por su arrojo en decenas de batallas. Una de ellas fue, precisamente, la defensa de la última ciudad cristiana de envergadura en Tierra Santa: San Juan de Acre.
Y es que, el 5 de abril de 1291 los «Pobres caballeros de Cristo» se vieron obligados a defender esta región ubicada en la actual Israel de ungigantesco ejército musulmán. Semanas después perdieron la urbe, la batalla y la guerra. Con todo, no perdieron su honor, pues lucharon espada en mano hasta la última gota de sangre liderados por Guillaume de Beaujeu, su Gran Maestre.
Un nuevo Gran Maestre
«Guillaume de Beaujeu, ese es tu nombre. Tienes 40 años y acabas de ser nombrado Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo este 25 de marzo de 1273. Fuiste en otro tiempo comendador de Trípoli y de Apulia. Pero la tarea que acometes ahora no tiene comparación con aquellas. Debes proteger las escasas tierras que quedan a los Templarios en Tierra Santa, cada vez más virgen de cruzados. El estandarte de tu orden apenas ondea ya en algunas regiones como Sidón, pero has jurado proteger a los peregrinos que emigran hasta la zona en la que vivió Jesucristo para expiar sus pecados, y lo harás hasta tu muerte».
Acre pasó a ser la principal ciudad cruzada tras la pérdida de Jerusalén
Cuando Guillaume de Beaujeu fue elegido Gran Maestre de la Orden del Temple la situación no podía ser peor para los cristianos en Tierra Santa. Todo había comenzado en 1187 con la pérdida de la ciudad de Jerusalén -sagrada para los cristianos por ser en la que murió Cristo- a manos de Saladino. A partir de ese momento las derrotas se generalizaron en territorio cristiano.
Primero cayó la ciudad de Antioquía en 1268. Luego fueron las fortalezas de Chastel Blanc, el Krak y Monfort en 1272 (todos importantes enclaves de los cruzados). Para terminar 16 años después -en el marco de una nueva ofensiva musulmana- le tocó el turno a Trípoli. Poco podían hacer los cristianos para resistir aquella avalancha militar. De hecho, tan solo lograron llegar a un acuerdo (una tregua) para evitar que los hombres de la media luna atacasen Acre. Una ciudad ubicada a orillas del Mediterráneo en la que residían las principales órdenes religiosas y militares.
Acre, el nuevo reino de los cielos
«Ya han pasado 13 años desde que fuiste nombrado Gran Maestre. Tus posaderas se asientan en Acre Guillaume, la última gran ciudad cristiana en una región en la que antes la enseña con la cruz se extendía hasta donde abarcaba la vista. La tregua con el enemigo es precaria. Sabes que no durará mucho. Pero contra más tiempo se evite la lucha, menos sangre cruzada se derramará en la arena. Se que intentas mantener la paz, pero hay algo contra lo que ni tu podrás luchar: los pendencieros cruzados italianos».
En 1290 los cristianos se esforzaban por no romper la tregua con los musulmanes. Y no porque no quisieran, sino porque sabían que enfrentarse al poderoso ejército del sultán significaría la destrucción. Sin embargo, el destino quiso que ese mismo año desembarcara en Acre una partida de cruzados italianos que fueron definidos como bebedores, revoltosos y difíciles de mandar.
Desesperados por no conseguir riquezas, los recién llegados faltaron a su honor robando y asesinando a multitud de mercaderes musulmanes en la ciudad. La situación fue aprovechada por el Sultán Qalawun, que armó un ejército de 160.000 infantes y 60.000 jinetes para tomar, de una vez por todas, Acre. El 5 de abril Al-Ashraf (nombrado líder tras la muerte de Qalawun) posicionó a sus tropas frente a la ciudad. La batalla iba a comenzar y los cristianos, viendo el contingente que llegaba a sus puertas, eligieron a Guillaume de Beaujeu para dirigir las defensas.
Comienza la batalla
«Poco puedes hacer ante un ejército musulmán tan grande Guillaume. Apenas tienes a 20.000 valientes bajo tus órdenes. Y sumando entre ellos a tus caballeros templarios y a los hospitalarios. Muchos de ellos temblando por el repicar de los tambores enemigos. Pero deberás defender los muros de Acre hasta tu último aliento si quieres ganarte un lugar en el Paraíso. Prepárate para la batalla. Será la última en la que blandas tu espada».

mediados de mayo los musulmanes se lanzaron contra la muralla interior


El día 7 comenzó el asedio musulmán, cuyo ejército se apoyó en sus máquinas de guerra para, en menos de un mes, atravesar la primera muralla y llegar hasta la Torre Maldita, una de las defensas más destacadas. El 16 de mayo fue tomada la Torre del Rey, lo que dejó el paso franco a los hombres del sultán para lanzarse en tromba contra la muralla interior de la ciudad dos días después. La última defensa correría a cargo -principalmente- de los Templarios y su Gran Maestre.
«Apenas acaba de salir el sol y los musulmanes ya han disparado el fuego griego y han arrasado las murallas con sus arqueros Guillaume. La carga ha comenzado y la lucha es encarnizada. Atento a tu izquierda, esas espadas árabes son rápidas y pueden acabar contigo en un santiamén. Si, lo que oyes es cierto. Los hombres del sultán están a punto de atravesar la puerta de San Antonio. Ya puedes correr con un puñado de tus hombres o la ciudad caerá».
La muerte de un héroe
Al acudir con un venablo a la puerta de San Antonio, el Gran Maestre recibió el impacto en la axila izquierda de una flecha envenenada. La herida le causó unos daños tan severos que tuvo que ser trasladado por varios de sus hombres hasta el cuartel de su orden. Murió por la noche, a los 60 años. Por suerte, sin ver cómo sus enemigos tomaban y saqueaban Acre.
«”Señores, no puedo más, pues muerto estoy”. Esas han sido tus últimas palabras antes de morir Guillaume. Pero no te preocupes, tienes mi bendición para entrar en el paraíso como gran valedor del Temple. Te lo dice tu Señor»

 

SALUDOS

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BALDUINO IV, EL REY "CARA DE CERDO" Y "MALDITO" QUE HUMILLÓ A UN EJÉRCITO MUSULMÁN CON 500 CRUZADOS

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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FUENTE: ABC.es

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BALDUINO IV, EL REY "CARA DE CERDO" Y "MALDITO" QUE HUMILLÓ A UN EJÉRCITO MUSULMÁN CON 500 CRUZADOS

MANUEL P. VILLATORO

Fue educado desde su infancia para ser rey y suceder a su padre como soberano de Jerusalén -la ciudad de mayor importancia para los cruzados en Tierra Santa en el siglo XII-. Sin embargo, Balduino IV no pudo poner en práctica durante mucho tiempo las lecciones que sus maestros tan sabiamente le habían impartido. Y es que, murió con apenas 24 años aquejado de lepra, una enfermedad que -por aquel entonces- era considerada una maldición divina que caía sobre los pecadores que habían ofendido a los cielos. Con todo, y a pesar de que solo pudo sentar sus reales posaderas en el trono durante 10 años, tuvo la oportunidad de librar grandes batallas en las que su mano llena de llagas empuñó la espada contra los musulmanes. La más famosa fue la de Montgisard, en la que -con apenas medio millar de jinetes y unos pocos miles de infantes- hizo huir al gigantesco ejército del sultán Saladino, formado por unos 30.000 hombres.
Esta victoria no le sirvió para librarse de la lepra ni de su apodo más conocido: el de «rey cerdo». Un mote que había sido extendido después de que su enfermedad le hiciese perder los dedos de los pies y las manos, le deformase la cara y se «comiese» su nariz. Para entonces, además, su cuerpo era incapaz de sentir el dolor provocado por un corte o el contacto con el fuego, un síntoma clásico de su particular maldición.
Con todo, fue un soberano sumamente querido por sus súbditos e, incluso, por el enemigo. Así queda claro cuando se leen los escritos árabes de la época: «A pesar de la enfermedad, los francos [los musulmanes llamaban a todos los cruzados francos] le eran fieles, le daban ánimos y contentos como estaban de tenerle como soberano trataban por todos los medios de mantenerle en el trono, sin prestar atención a su lepra». Estos primeros días de abril, durante el 735 aniversario de la toma de Acre (la última gran ciudad cruzada en caer en Tierra Santa) queremos recordarle como el gran líder que era.
Una maldición divina
En la Edad Media la enfermedad que padecía Balduino IV era consideradauna maldición enviada por Dios para castigar a los pecadores. Así queda claro en la misma Biblia, donde son múltiples los ejemplos en los que el Señor escarmienta a algún ser humano enviándole lepra. Uno de ellos fue Uzias, a quien se define en el libro sagrado como descendiente de Salomón. «Tuvo ira contra los Sacerdotes y le brotó la lepra en su frente, y al mirarlo el sumo Sacerdote vio la lepra en su frente, y así el rey Uzias fue leproso hasta su muerte. Lo sepultaron con sus padres en el campo de los sepulcros reales pero fuera de ellos porque dijeron: 'leproso es'», señala el libro sagrado.
No obstante, estas venganzas divinas suelen aparecer en el Antiguo Testamento. En el caso del Nuevo Testamento, por el contrario, esta dolencia sirve como excusa para justificar los milagros de Jesús, a quien se le atribuye la capacidad de «limpiar» (literalmente) a varios afectados.
Pero... ¿Hasta qué punto la lepra era considerada una aberrante maldición? La respuesta la ofrece la historiadora experta en la rama de salud Diana Obregón Torres, quien explica pormenorizadamente en su obra «Batallas contra la lepra: estado, medicina y ciencia en Colombia» el estigma que suponía para todo aquel que la padecía. «La lepra era una enfermedad tanto del alma como del cuerpo. Algunos padres de la Iglesia relacionaban pecados específicos con enfermedades específicas. La lepra se asociaba con la envidia, hipocresía, lujuria, malicia, orgullo, simoníay calumnia, entre otros vicios», explica la experta. A su vez, la lepra era sinónimo de inmoralidad, decadencia ética general y símbolo genuino de la maldad.
La lepra, una muerte en vida
Al considerar que habían sido malditos (además de porque se creía que era una enfermedad sumamente contagiosa) aquellos que padecían lepra durante la Edad Media eran expulsados de sus hogares y obligados a vivir lejos de los núcleos urbanos. Con todo, hasta llegar a ese punto había que pasar por varias fases. La primera, como bien señala el doctor Enrique Soto Pérez de Celis en su dossier «La lepra en la Europa Medieval», era estar seguro que de que el paciente padecía esta dolencia.
Esta decisión podía ser tomada por el médico de la región, por elsacerdote y hasta por el barbero. Usualmente, todos se basaban en un síntoma tan claro como era «la destrucción masiva de la cara del paciente», en palabras del experto. Al menos al principio pues, con el paso de los años, una denuncia absurda podía llegar a costar el ingreso en una leprosería o el destierro a una persona inocente. Una vez que el experto confirmaba que el paciente sufría lepra, el sacerdote del pueblo hacía participar al afectado en un oficio similar a los que se celebraban durante un funeral. Algo que no era de extrañar, pues se consideraba que el leproso era ya un muerto en vida al que solo le quedaba esperar pacientemente a que llegase su verdadero paso al otro mundo.

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                                                                              Un leproso en la Edad Media- Wikimedia
«El sacerdote iba a su casa y lo llevaba a la iglesia entonando cánticos religiosos. Una vez en el templo, el sujeto se confesaba por última vez y se recostaba, como si estuviera muerto, sobre una sábana negra a escuchar misa. Terminada la homilía, se le llevaba a la puerta de la iglesia, donde el sacerdote hacía una pausa para señalar “Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios”», explica el experto. Luego se llevaba al leproso a las afueras de la ciudad, donde se le daba una capucha negra, unas castañuelas para que avisara de su presencia al resto de los habitantes de la región, y se le obligaba a vivir alejado de la civilización.
Además de todo ello, los leprosos tenían una larga lista de prohibiciones para, según las autoridades, evitar la propagación de la enfermedad. «Se le prohibía la entrada a iglesias, mercados, molinos o cualquier reunión de personas; lavar sus manos o su ropa en cualquier arroyo; salir de su casa sin usar su traje de leproso; tocar con las manos las cosas que quisiera comprar; entrar en tabernas en busca de vino; tener relaciones sexuales excepto con su propia esposa; conversar con personas en los caminos a menos que se encontrara alejado de ellas; tocar las cuerdas y postes de los puentes a menos que se colocara unos guantes; acercarse a los niños y jóvenes; beber en cualquier compañía que no fuera aquella de los leprosos y caminar en la misma dirección que el viento por los caminos», añade el experto. Posteriormente, con el nacimiento de las leproserías, se obligaba también a los enfermos a permanecer en uno de estos edificios hasta la muerte.
La infancia del rey maldito
El futuro rey leproso, o rey maldito, nació allá por 1161. Su padre fue Amalarico I de Jerusalén, más conocido por enfrentarse a sangre y fuego contra Nur al-Din -uno de los líderes musulmanes más destacados del siglo XII en Tierra Santa- por el control de Egipto. Su madre fue Inés de Courtenay, esposa y, a la vez, pariente lejana de Amalarico (un hecho que hizo que tuvieran que separarse, pues la ley de la época no permitía a un hombre ascender al trono si estaba casado con un pariente).
A pesar de que la separación de sus padres podría haberle dejado fuera de la carrera por el trono, a Balduino se le reconoció rápidamente su derecho a gobernar. Por ello, desde pequeño fue educado por Guillermo de Tiro para ser rey. Este, en sus memorias, afirmó que el pequeño sentía gran interés por la historia y por las letras. A su vez (y tal y como afirma el historiador M. Michaud en su obra «Historia de las cruzadas») «amaba la gloria, la verdad y la justicia». Por su parte, el investigador germano experto en las cruzadas Hans Eberhard Mayer dijo de él que poseía una gran perseverancia, paciencia y sentía gran amor hacia sus caballos.

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                                                                     Guillermo de Tiro descubre la lepra en Balduino- Wikimedia
Todo era felicidad en la vida de Balduino hasta que, con 9 años, su tutor se percató de que el futuro rey no sentía dolor, un síntoma de que podía padecer lepra. Así lo de dejó explicado en su diario, recogido por Ángel Luis Guerrero Peral en su obra «Manifestaciones neurológicas de la lepra del rey Balduino IV de Jerusalén»: «Mientras jugaba con otros niños nobles, y mientras entre ellos se pellizcaban en manos y brazos como suelen hacer a menudo cuando juegan, los otros gritaban cuando eran heridos, mientras que Balduino lo soportaba con gran paciencia y sin muestras de dolor, como alguien acostumbrado a este, pese a que sus amigos no respetaban especialmente su condición principesca en juegos». En ese momento Guillermo de Tiro supo que, aunque no fuera totalmente seguro, era muy probable que el pequeño acabase siendo un leproso.
«Percibí que la mitad de su mano y brazo estaban muertas, de forma que no podía sentir en absoluto el pinchazo»
Algo que, por cierto, extraña a día de hoy mucho a Guerrero Peral (especializado en neurología). Y es que, este experto afirma que -tras examinar las biografías de Amalarico y su esposa- no hay constancia de que ninguno de ellos padeciese esta enfermedad. Por ello, supone que se contagió de ella por culpa de alguien. «No hay evidencia alguna de que Amalarico, Agnes o María Comnena, la segunda esposa de Amalarico, padeciesen lepra. Posiblemente Balduino contrajo la enfermedad en sus primeros años de vida de algún sirviente de la corte; en cualquier caso, ya en el siglo XXI la mitad de los pacientes de lepra no cuenta con una historia clara de exposición a la enfermedad», completa.
Independientemente de la causa, lo cierto es que -tanto los doctores de la corte como el propio Tiro- esperaron hasta que examinaron varias veces al pequeño antes de poner sobre aviso al reino, pues sabían el estigma social que conllevaría a todo un príncipe de Jerusalén aquella maldición. Esto es lo que escribió el tutor tras una de estas exploraciones: «Percibí quela mitad de su mano y brazo estaban muertas, de forma que no podía sentir en absoluto el pinchazo, o ni siquiera si era mordido». Tras llevar hasta la corte a varios médicos musulmanes para corroborar el diagnóstico, y después de que pasaran varios años, se confirmaron los peores temores de Amalarico: el futuro rey era un leproso. La dolencia se confirmó, todavía más, cuando Balduino ascendió hasta el trono a la edad de 13 años tras la muerte de su padre.
Montgisard, el comienzo
El año 1177 sería toda una prueba de valía para el rey leproso. Y es que, fue entonces cuando Saladino (el sultán de una cantidad incontable de regiones como Siria, Palestina, Yemen, Libia y otras tantas más) armó un gigantesco ejército de entre 26.000 y 30.000 musulmanes con los que invadir Jerusalén -entonces bajo dominio cruzado-. Por suerte para el «rey cerdo», los cristianos habían organizado ya un contingente que contaba con tropas de Bizancio y caballeros recién llegados de Europa con el que pensaban conquistar El Cairo.
Esto permitió al soberano reaccionar rápidamente a las amenazas de Saladino. «Balduino se enteró de los planes del musulmán y decidió ir personalmente en su búsqueda. Fue así como [...] comandó a varios miles de infantes y 375 caballeros [según otras fuentes, 500] en marcha fuera de Jerusalén», explica el medievalista Michael Rank en su libro «Las cruzadas y los soldados de la cruz». Junto a ellos partió el obispo de Belén, quien portaba consigo la Vera Cruz. Una reliquia que, según se decía, estaba elaborada con los restos de la cruz en la que pasó sus últimos momentos de vida Jesucristo.
Los templarios reforzaron el ejército de Balduino tras escapar del bloqueo de Gaza.
Balduino decidió dirigir a todo este contingente hasta Ascalón -una fortaleza ubicada a 74 kilómetros de Jerusalén- para defenderse allí de Saladino. El rey partió, a pesar de su debilidad, como un caballero más, dirigiendo a sus tropas y lanzándo arengas a pesar de que la lepra le acosaba. Por su parte, los caballeros templarios de la zona decidieron tomar también las armas para unirse al contingente cruzado. No obstante, los «Pobres caballeros de Cristo» se vieron obligados finalmente a retrasar su llegada a Ascalón después de que los soldados de la media luna les sitiaron en Gaza.
Cuando el «rey cerdo» llegó hasta el castillo de Ascalón, por tanto, se encontró con que -para su desgracia- los poderosos caballeros templarios no habían acudido en su ayuda. Así pues, prefirió refigurarse tras las murallas que lanzarse de bruces contra el inmenso ejército musulmán. La situación se puso de cara para el sultán, que -con el contingente cristiano resguardado en el castillo y el paso franco hasta la ciudad santa- ordenó a sus hombres dirigirse hacia Jerusalén para conquistarla. Su última decisión fue dejar un pequeño contingente para evitar que el leproso escapase.
«Saladino creyó que Balduino estaba atrapado en Ascalón y que, incluso si los cruzados lograban huir, sus fuerzas eran demasiado reducidas como para representar una amenaza a su ejército. A consecuencia de ello, Saladino permitió a sus tropas dispersarse a medida que se dirigían lentamente hacia Jerusalén. Avanzó despreocupadamente, deteniéndose en ciertas ocasiones para saquear villas a su paso, como Ramla, Lydda y la costa en dirección sur y formando un trayecto en círculo de regreso para interceptar el paso de Saladino», explica Rank.

La lógica de Saladino era innegable, pero lo que el musulmán no conocía era el arrojo de Balduino. Y es que, a pesar de no poder tenerse en pie por la lepra, el rey escapó con su ejército del bloqueo musulmán de Ascalón y dirigió a sus huestes tras la retaguardia de los hombres de la media luna. Su objetivo no era otro que atacar al gigantesco contingente enemigo cuando estuviese desprevenido y causar el desconcierto entre sus combatientes.

La idea no era mala, y aún fue considerada mejor cuando un centenar de caballeros templarios se unieron al ejército de Balduino después de haber logrado burlar a los enemigos ubicados en las fuerzas de Gaza. «Este pequeño grupo de caballeros tenía un poder formidable. Iban bien acorazados y eran expertos en el uso de sus armas», explica el divulgador histórico Martin J Dougherty en su dossier «Montgisard» (ubicado en la obra coral «Batallas de las cruzadas»). Con más tropas y una energía renovada, los cristianos partieron decididos a arrasar a los musulmanes y evitar la conquista de Jerusalén.

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                                                                                       Balduino, en Montgisard- Wikimedia
A finales de noviembre, el ejército cruzado dio alcance a las tropas de Saladino a la altura del castillo de Montgisard (cerca de Ramala). La situación no podía ser mejor para los cruzados pues, motivados por el sultán, las tropas musulmanas se habían diseminado a lo largo de kilómetros para saquear todo aquello que pudieran a los principales pueblos católicos. Cuando se percató de que Balduino estaba a su espalda, el árabe trató de reunir a sus combatientes y formar con ellos una línea de batalla aceptable. Pero ya era demasiado tarde y solo pudo lograr que sus combatientes crearan un desigual frente en el que reinaba la descoordinación.
Además, el ejército de la media luna estaba totalmente agotado por haber aprovechado hasta la última brizna de energía en robar. «La mayoría de los soldados de Saladino estaban cansados a consecuencia de la marcha desde Egipto y los posteriores saqueos, lo que los dejaba muy mal parados para luchar contra los cruzados», determina Rank. El día 25, los cristianos formaron filas para atacar a sus enemigos de la mejor forma que sabían: lanzándose de bruces con sus caballeros totalmente acorazados (al modo europeo) contra la formación contraria hasta que esta huyera. En sus filas se sumaban entre 375 y 500 jinetes, 80 templarios y varios miles de infantes. Por su parte, Saladino tenía desperdigado a su gran ejército de entre 26.000 y 30.000 combatientes.
La gran victoria de Balduino
En las cercanías de Montgisar, y bajo el sol abrasador de Tierra Santa, Balduino hizo los preparativos para lanzarse sobre los musulmanes mientras estos todavía trataban desesperadamente de organizarse. Apenas podía tenerse en pie por lo avanzada que estaba su enfermedad, pero sabía que su mera presencia inspiraba a los cristianos. Por ello, hizo un esfuerzo para postrarse sobre la Vera Cruz y rezó para que Dios le ayudase a expulsar de aquellas tierras sagradas a los enemigos más odiados de los cruzados. Acabado el rezo y -según Dougherty- con cierto temor ante la visión de un contingente tan grande como el comandado por el sultán, el rey maldito dio la orden de atacar. Así fue como el medio millar de jinetes que portaban sobre su armadura la cruz de Cristo se lanzaron a voz en grito contra los invasores.
La primera carga fue devastadora, pues las lanzas de caballería aplastaron las primeras líneas de la formación enemiga. Además, fue más efectiva todavía gracias a que Saladino no pudo recurrir a una táctica habitual entre los generales musulmanes. «Una razón por la cual los cruzados muchas veces fracasaban cuando arremetían contra las fuerzas enemigas era la inteligente forma en que maniobraban estas últimas, de modo que los cruzados se encontraban con un espacio vacío en su embestida. A continuación, cuando los caballeros salían en persecución de sus objetivos, que se batían en retirada, se acercaban otras unidades y les disparaban una lluvia de flechas para luego acabar con los agotados supervivientes en un asalto final cuerpo a cuerpo», añade el anglosajón. En este caso, sin embargo, no pudieron más que tratar de resistir la embestida de los jinetes de la cruz. Fue una masacre.
Mientras la carga se sucedía, Balduino rompió los esquemas de todos sus combatientes al no apartarse de la lucha. Por el contrario, prefirió ponerse unos gruesos guantes sobre sus manos llenas de llagas y, al poco, lanzarse también a la carga. Renovados por el ímpetu del monarca de Jerusalén, los caballeros siguieron combatiendo con gran valor hasta que, como si sus lanzas hubiesen sido bendecidas por el mismísimo Dios, atravesaron la formación enemiga. Según cuentan las crónicas, Saladino vio tan mal la situación que huyó a lomos de su camello. Al parecer estuvo a punto de ser asesinado por los cristianos, pero logró huir gracias a la intervención de su guardia personal.
«La victoria de Balduino fue total. Su ejército capturó a la mayor parte de sus fuerzas, incluido a su guardaespaldas mameluco , y mató a su sobrino, Taqi al-Din. Solo el 10 por ciento de las fuerzas de Saladino regresó a Egipto después de la aplastante derrota. Por el lado de Balduino, los registros señalan que murieron alrededor de 1.100 hombres y 750 resultaron heridos», explica Rank. Aquella fue la gran victoria del rey. Una de las últimas, pues la lepra terminó con su vida allá por 1185.

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NI CORONA CATALANO-ARAGONESA NI CONFEDERACIÓN, SIMPLEMENTE LA FORMACIÓN DE LA CORONA DE ARAGÓN

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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NI CORONA CATALANO-ARAGONESA NI CONFEDERACIÓN, SIMPLEMENTE LA FORMACIÓN DE LA CORONA DE ARAGÓN

TOMÁS SAN CLEMENTE DE MINGO

La falsificación de la Historia no es algo novedoso, ni siquiera un fenómeno exclusivo de nuestro país, España. Churchill, Stalin, Hitler y otros más lo hicieron en sus propios países. Evidentemente el poder como sistema precisa de una justificación para su existencia y esa justificación se basa en una deformación de la Historia, a veces clara y burda, otras, más sutil.
Asociamos dicha tergiversación, erróneamente, con regímenes autoritarios o dictatoriales, y la realidad sorprende. En efecto, en la actualidad en España gozamos de un régimen democrático, y no por ello la manipulación de conceptos y definiciones dejan de estar a la orden del día. El caso catalán es sorprendente; se intenta acaparar todo lo que es la comprensión del pasado; ya sea a través de los medios de comunicación, ya sea a través de los libros del texto, ó de supuestos historiadores con las más variopintas teorías insostenibles. Todo supeditado a unas directrices emanadas de un poder político que no tiene el más mínimo remordimiento a la hora de cambiar el pasado por "algo" procedente de su propia ideología, basada en el deseo actual (y hay que proyectarlo al pasado) de una Cataluña independiente, y que es ajeno a cualquier estudio científico.
Esto no es nuevo, ya en el siglo XIX, los conceptos y las definiciones sufren algunas modificaciones que responden a un nacionalismo catalán que intenta alterar el pasado. En este sentido se empieza hablar de confederación catalano-aragonesa ó de Corona catalano- aragonesa. Poco a poco, estas inexistentes entidades (no existieron, por supuesto) se van haciendo hueco en el imaginario colectivo. También se llega hablar (en la actualidad también), erróneamente, de monarcas y reyes catalanes ó de países catalanes. Evidentemente, se están atribuyendo a Cataluña unas definiciones de un territorio histórico que no tuvo jamás. Definiciones inventadas, fruto de unas falsificaciones conceptuales, persistentes, que van calando poco a poco y que llegan a ocupar un espacio en manuales de Historia, incluso a nivel universitario, y estatal. De hecho, en" La Historia de España" dirigida por el ya desaparecido Manuel Tuñón de Lara, en el volumen IV "Feudalismo y consolidación de los pueblos Hispánicos (siglos XI-XV) editado en Barcelona en 1994, en la página 227 se dice lo que sigue:

" En la primera mitad del siglo XII, un hecho capital vino amodificar sustancialmente la estructura política de la Península: nos referimos a la formación de la Corona catalano-aragonesa"

"nos referimos a la formación de la Corona catalano-aragonesa" ejemplo claro de lo que acabamos de referir más arriba. La prelación es importante y lo "catalán" debe de ir primero porque es lo más significativo y debe de reseñarse según este historiador de la Universidad de Barcelona (José María Salrach) , además de poner con el mismo status, siendo benévolos, el Reino de Aragón y el condado de Barcelona. Y la verdad es que no hubo ni rey catalán ni reino.

Por parte de los historiadores hay cierta dejadez ó , dejémoslo en despreocupación, por estos asaltos indiscriminados hacia la propia Historia. Desvirtuando el carácter científico de la misma, transformándola en una especie de cuento, a gusto del narrador . Si bien es cierto que es necesario progresar en el conocimiento de nuestro pasado e intentar abrir nuevas vías de investigación a través de artículos científicos, conferencias, libros, y tesis, también es imprescindible que, ante estas abyectas pretensiones ahistóricas, la respuesta académica debiera de ser enérgica y sin contemplaciones. Estaremos expectantes.


FORMACIÓN DE ARAGÓN


En octubre de 1131 Alfonso I el batallador y a la sazón rey de Aragón, mientras situaba la ciudad de Bayona se le ocurrió dictar un asombroso testamento según el cual legaba su reino a las órdenes de hospitalarios, Templarios y Santo Sepulcro. Hay que recordar que Alfonso I no tuvo descendencia. El testamento fue ratificado en 1134 por el propio rey después de la batalla de Fraga de julio de ese mismo año. Tres días después fallecería el monarca en la localidad de Poleñino (Huesca). Los aragoneses, en una asamblea celebrada en Jaca, se resistieron a acatar dicho testamento y el 11 de septiembre proclamaron rey a su hermano Ramiro (apodado el monje), que era clérigo y acababa de ser nombrado obispo de Barbastro.
Aunque Ramiro II, no podía reinar dada su condición de clérigo, asumió el reino y entre el 11 de septiembre y mediados de octubre de 1134 recorrió todas sus tierras para recibir juramento de fidelidad de sus súbditos, que lo reconocieron como soberano legítimo. Mientras, el reino de Pamplona, cuyo trono había ocupado el rey de Aragón desde 1076, proclamó a su propio monarca en la figura del noble García Ramírez, y se segregó de los dominios del rey de Aragón, sumando a las de Pamplona las tierras de Tudela, configurando el reino de Navarra. En mayo de 1135 ambos soberanos firmaron el pacto de Vadoluengo fijándose los límites fronterizo entre Aragón y Navarra.

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ESCULTURA DE GARCÍA RAMIREZ


Ramiro II ni estaba preparado, ni quería gobernar el reino. Buscó deprisa un heredero que garantizara la sucesión, para ello precisaba de un matrimonio legítimo. La esposa elegida fue Inés de Poitou, una viuda de 30 años que había sido madre de tres varones y hermana del duque Guillermo IX de Aquitania, y sobrina de Pedro I de Aragón, el hermano de Ramiro II.
La boda se celebró en Huesca el 13 de noviembre de 1135, y por la condición de clérigo del rey fue denunciado al Papa. Si los problemas eran pocos, se sumó la presencia en Zaragoza del rey Alfonso VII de León y Castilla, que la ocupó con la excusa de defenderla ante un posible ataque musulmán. Además, el 10 de junio de 1136 el Papa Inocencio II pidió que se cumpliera el testamento de Alfonso I y se entregara las posesiones a las tres órdenes religiosas.
El 11 de agosto de 1136, la reina Inés dio a luz una niña, bautizándola como Petronila. Pero el matrimonio Ramiro- Inés todavía no había sido admitido como legítimo por el Papa.
Petronila no podía gobernar, sólo transmitir la realeza a través de su sangre. Había que buscar un esposo para la hija de Ramiro II. El elegido fue Ramón Berenguer IV ( conde de Barcelona desde 1131) de 25 años y cuñado de Alfonso de León Castilla. El 11 de agosto de 1137 en Barbastro se firmaron las capitulaciones matrimoniales. Ramiro II entregaba a su hija Petronila (1 año de edad) como futura esposa a Ramón Berenguer IV. Ramiro II, entre otras cuestiones, añadía al acuerdo que si moría Petronila antes de tener descendencia, el conde Barcelona tendría el reino "libre e inmutable, sin impedimento alguno" tras la muerte también de Ramiro II, el cual se reservaba el derecho de señorío y el título de rey en el reino de Aragón y en todos los condados de Ramón Berenguer "mientras le placiera". El acuerdo para la primera parte de este texto es muy revelador:

"... Yo, Ramiro, rey de los aragoneses por la gracia de Dios, te doy a tí, Ramón, conde y marqués de los barceloneses, con toda la integridad, el reino de los aragoneses..."

ARCHIVO CORONA DE ARAGÓN, pergaminos de Ramón Berenguer IV, nª86

Ramón Berenguer IV se convertía en administrador del reino de Aragón y el título de rey (la dignidad real) fue conservado por Ramiro II. Petronila aportó los territorios de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, el condado de Arán y el reino musulmán de Zaragoza; por su parte, Ramón Berenguer IV lo hacía con los condados de Barcelona, Gerona, Ausona, Besalú y Cerdaña Sur.

Tras los esponsales, el conde Barcelona regresó a su tierra, la reina Petronila quedó al cuidado de los nobles aragoneses y el rey Ramiro se retiró a la vida monástica. El acuerdo firmado en Barbastro dio origen a la llamada Corona de Aragón.

 

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EL SOBERANO CATALÁN PARIENTE DEL CID QUE SE CONVIRTIÓ EN EL PRIMER TEMPLARIO ESPAÑOL

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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FUENTE: ABC.es

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EL SOBERANO CATALÁN PARIENTE DEL CID QUE SE CONVIRTIÓ EN EL PRIMER TEMPLARIO ESPAÑOL

MANUEL P. VIALLATORO

Pocos días antes de morir, Ramón Berenguer III pidió el ingreso en la orden del Temple. Además, les dejó a sus miembros un castillo, su armadura y su caballo.

Templarios. Solo mencionar el sobrenombre más conocido de los «Pobres soldados de Cristo» invita al esoterismo, a lo oculto y a la intriga. Sin embargo -y a pesar de existen muchos misterios a su alrededor como el de la enigmática flota del Temple que pudo llegar hasta América- lo cierto es que esta orden nació para defender a los cristianos que, arriesgando su fortuna y su vida, peregrinaban a Jerusalén. Por entonces -1118- el grupo no estaba formado más que por 9 caballeros con una fe ciega en el Salvador, pero apenas 13 años después ya habían sido reconocidos por la Iglesia Católica, contaban con decenas de miembros y habían extendido sus tentáculos por media Europa. Desde Francia, hasta la Península Ibérica. Precisamente en esta última región fue donde Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, decidió -poco antes de morir-convertirse en el primer caballero templario español y ceder además a estos seguidores de la cristiandad un castillo, su armadura y su caballo.
Hablar de los templarios es hacerlo también de un ascenso fulgurante y una caída estrepitosa. Y es que, aunque llegaron a amasar una riqueza digna de un reino y lograron atesorar decenas de castillos bajo sus órdenes, fueron disueltos por la Iglesia acusados -entre otras cosas- de herejía, sodomía y pedofilia. Cargos todos ellos falsos y que fueron utilizados para acabar con su poder en Europa y con las ingentes cantidades de dinero que habían logrado recabar. Uno de los primeros territorios en los que se asentaron tras su creación fue España donde, además de todo aquello que les cedió Ramón Berenguer III, recibieron por herencia (o pagaron con su propio dinero) fortalezas, haciendas y villas en más de medio centenar de provincias. Emplazamientos que les sirvieron como fuente de ingresos. Al final, casa por aquí, fuerte por allá -y con la excusa de expulsar a losmusulmanes de la Península- terminaron haciéndose un hueco importante por estos lares, aumentaron su actividad militar en la zona y, por descontado, hicieron que su influencia entre los nobles creciese.
Nacimiento y expansión
Para hallar el origen de los templarios es necesario viajar hasta los años 1118 y 1119. Fue en esta época cuando 9 caballeros europeos liderados por Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Aldemar fundaron en Jerusalén la orden de los «Pobres soldados de Cristo» (los futuros templarios). Su objetivo era, en primer lugar, defender a los viajeros y peregrinos que -al viajar a Tierra Santa para purgar sus pecados- eran atacados principalmente por los turcos selyúcidas. En segundo término, estos militares también se comprometieron a proteger los santos lugares. «En aquel entonces reinaba Balduino I, quien brindó una calurosa acogida a los “Pobres soldados de Cristo”, […] Pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en una parte del palacio, que el rey les cedió, justo encima del antiguo Templo de Salomón (de ahí el nombre de Caballeros del Temple)», explica el investigador Rogelio Uvalle en su libro «Historia completa de la Orden del Temple». Los miembros del grupo, en principio soldados, determinaron vivir con votos religiosos y monacales. Entre ellos destacaba el de castidad, el cual se tomaban tan seriamente como para no mirar dos veces a una mujer a la cara por miedo a enamorarse.

Poco tiempo después, apenas ocho años, Payens observó que el nuevo grupo necesitaba un empujón que le permitiera atraer a nuevos miembros y ganar alguna que otra moneda para sufragar sus gastos. La necesidad era urgente ya que, mientras que otras órdenes recibían cuantiosos fondos por estar reconocidas por la Iglesia, ellos debían vivir de las escasas posesiones que tenían. Decidido a darse a conocer, partió hasta la vieja Europa para hacer propaganda de los «Pobres soldados de Cristo» con otros cinco compañeros. El viaje no pudo ser más fructífero pues, como señala el historiador francés Alain Demurger en su libro «Caballeros de Cristo: templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes», logró que San Bernarndo, por entonces máxima autoridad eclesiástica, exaltara para bien sus objetivos. Por otro lado, también consiguió unos cuantiosos donativos y volver a Tierra Santa con nuevos «reclutas». «Regresó a Tierra Santa como primer maestre de la caballería del Temple y algunos hombres religiosos más. Lo siguieron una multitud de nobles que fueron a su reino prestando fe a sus palabras», determina el cronista de la época Guillermo de Tiro. 
Y no solo eso, sino que consiguió que, en el concilio de Troyes celebrado en 1128, la Iglesia aprobase una regla para los templarios (una serie de principios necesarios para que la orden fuese oficial). «La regla fue redactada en Oriente, con ayuda del patriarca de Jerusalén. Hugo la discutió después con el Papa, antes de someterla en el Concilio de Troyes, en el que sabía que predominaba la influencia del Císter. Los padres corrigieron ciertos detalles, modificaron ciertos artículos y dejaron puntos en suspenso, sometiéndolos al Papa y al patriarca», señala el experto galo. En esta reunión, además, se expuso por primera vez algo que sumamente novedoso en el siglo XII: el crear un grupo formado por monjes (miembros del clero que, como los mandamientos decían, tenían prohibido matar) que fueran a la vez soldados. A pesar de que la idea era controvertida, al final se ganó el apoyo de los presentes y ofreció a los «Pobres soldados de Cristo» un trampolín para ser conocidos en toda Europa. 
La visita a España
Mientras Hugo andaba forjando a golpe de espada y oración la orden del Temple, la situación por estos lares no era de lo más adecuada para los cristianos. Y es que -aunque dominaban la mitad norte de la actual España- andaban metidos hasta el corvejón en una lucha a muerte contra los musulmanes. Por entonces el territorio se dividía en cuatro reinos. Todos ellos, nacidos a costa de las zonas arrebatadas al Islam. En primer lugar se hallaban los de Aragón y Navarra (ambos regidos por Alfonso I «el Batallador»). A continuación se destacaba el reino unificado de León y Castilla (bajo las órdenes de Alfonso VII); el de Portugal (gobernado porAlfonso Enríquez) y, finalmente, los denominados Condados Catalanes. Al frente de estos últimos se encontraban varios nobles entre los que destacaba Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y denominado posteriormente «el Grande» por su política expansionista. «El proceso de consolidación de la región pasó por la […] incorporación al condado de Barcelona de otros como los de Besalú y Cerdaña, al norte de los Pirineos, […] la bailía de Perelada, así como los vasallajes de Pallars, Urgell, Ampurias y Roselló», explica el historiador José María Monsalvo Antón en su obra «Historia de la España medieval». A su vez, este soberano también logró, mediante una alianza matrimonial, hacerse con el dominio de la Provenza francesa.
La situación de aquella primitiva España podría parecer hoy en día aislada totalmente de la vieja Europa. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, la necesidad de expulsar a los musulmanes de la Península era considerada de gran importancia en las altas esferas de la Iglesia, desde donde se llegó a equiparar el combatir contra los sarracenos en Hispania, con hacerlo en Tierra Santa en la Cruzada (algo que otorgaba la salvación y el perdón de Dios a los caballeros que acudía a Jerusalén). «Hay que tener en cuenta que, en el año 1095 -cuando Urbano II llamó a los caballeros a unirse a la Primera Cruzada para recuperar los santos lugares- la Península se encontraba inmersa en su propia cruzada: la Reconquista. Como había muchos nobles que no podían desplazarse hasta Jerusalén para defender los atributos griálicos, lavaron su conciencia luchando aquí», explica a ABC María Lara Martínez, escritora, profesora de la UDIMA, Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia, autora de «Enclaves templarios» (editado por Edaf), Comendadora honorífica del Temple y Madrina Templaria. Esta máxima quedó refrendada en el año 1100 cuando el papa Pascual II emitió una bula según la cual los guerreros cristianos residentes en España tenían prohibido viajar a Palestina. Una orden que buscaba evitar que nuestro actual país no se quedase sin soldados que lucharan contra la expansión de Alá.

ALAEXO

                                                                                                   RAMÓN BERENGUER III
La bula papal se ajustó como un cinturón a los deseos de los soberanos cristianos de la Península Ibérica, los cuales empezaron a enarbolar con sumo gusto la insígnia de la Cruzada con el objetivo de atraer a todos los guerreros posibles a causa. «Los reyes cristianos se dieron cuenta enseguida de los beneficios que podía reportarles la importación del ideal de las cruzadas en sus territorios. En 1101, el rey Pedro I de Aragón y Navarra empleó por primera vez la enseña cruzada en una acción militar contra los andalusíes, el cerco que puso a la ciudad de Zaragoza. Era la primera señal de que las ideas religiosas que llegaban allende a los Pirineos podrían servir a los reyes ibéricos para articular una respuesta ante el rodillo almorávide», se explica en la obra «Templarios» (editada para el Canal Historia por varios autores).
En ese marco de guerra y necesidad los reinos cristianos peninsulares vieron el cielo abierto (y nunca mejor dicho atendiendo a las connotaciones religiosas) con la llegada de la Orden del Temple a Europa. Fue por ello fue por lo que, en 1127, la reina Teresa de Portugal (hija de Alfonso VI de Castilla) decidió ceder al representante de este grupo en el Mediterráneo (Hugo de Rigaud) el castillo de Soure. La edificación estaba estratégicamente ubicada cerca de la frontera con Al-Andalus, lo que haría que estos militares se vieran inmersos de lleno en la Reconquista. Y todo ello, dos años antes de que la Iglesia les reconociera como una orden oficial y tan solo una década después de la fundación del grupo en Jerusalén. «El 19 de marzo de 1128 la condesa formalizaba solemnemente en Braga de Soure la entrega del castillo al Temple. Esta se completaría el 29 de marzo cuando Teresa añadió un amplio territorio de los alrededores. Cuando, pocos meses después, tras la batalla de San Mamede, Alfonso Enríquez se hizo con el gobierno del condado y desplazó a su madre, no dudó en confirmar la cesión a los templarios», completa la escritora alcarreña María Lara.
Ramón Berenguer III, el primer templario español
No fue necesario esperar mucho más para empezar a hablar de la relación de la Orden del Temple con los reinos cristianos. Más concretamente, y según explica el divulgador histórico Rafael Alarcón Herrera en su obra «La huella de los templarios: tradiciones populares del Temple en España», fue también entre los años 1127 y 1128 cuando los «Pobres caballeros de Cristo» llegaron hasta Aragón e hicieron muy buenas migas con Ramón Berenguer III, casado por entonces con una mujer de alta alcurnia: María, una de las hijas del famoso Cid Campeador. En palabras de la alcarreña, este catalán colaboró con ellos desde su entrada en la Península, algo que se materializó a base de donaciones. Alarcón es de la misma opinión: «Ramón Berenguer recibió la visita de los fundadores en 1127, cuando vinieron a Europa para promocionarse y reclutar nuevos miembros. Ramón Berenguer sentía auténtico entusiasmo por esta milicia». En aquellos años este noble actuó como tantos otros que, al no poder limpiar sus pecados en Tierra Santa, colaboraron con los soldados del blasón blanco y la cruz roja para ganarse su pequeña parcela en el cielo.
El conde de Barcelona terminó dando el impulso definitivo al Temple en 1130. Por aquel entonces vivía sus últimos días en este mundo y, deseoso de entrar en el cielo por la puerta grande, decidió hacer algo que resultaría pionero: ingresar en los templarios. Su objetivo era doble. En primer lugar creía (como se había extendido en aquellos años) que Dios le reconocería como un monje guerrero y olvidaría sus pecados cometidos en vida para acogerle con los brazos abiertos. A su vez, buscaba que este grupo se asentara en la Península y colaborase en la expulsión de los musulmanes a través de sus propiedades. Así fue como se convirtió en el primer templario español. Posteriormente, en su testamento -dictado el 8 de julio de 1131- Ramón Berenguer hizo de nuevo algo nunca antes visto en España. «Les donó el castillo de Grañena de Cervera, ubicado en la provincia de Lérida, y su caballo y su armadura personal. Esto es sinónimo de una gran implicación con los monjes de la orden, de quienes dijo que “han venido y se han mantenido con la fuerza de las armas en Grañena para la defensa de los cristianos”», determina Lara a ABC. Los autores de «Templarios» creen lo mismo: «Este no era en absoluto un gesto anecdótico. El señor más importante del oriente peninsular cristiano otorgaba nada menos que sus atributos de caballero a la orden que había sido fundada hacía poco en Jerusalén y que solo dos años y medio antes había logrado su aprobación oficial por la Iglesia».

ALBATA
                                                                                                        Alfonso I el Batallador
De esta forma -gracias a la cesión de las fortalezas de Portugal y Cataluña en primera línea de batalla- los templarios terminaron implicándose de lleno en la Reconquista y, cómo no, ganándose un hueco entre los literatos de estas tierras (por ejemplo, Bécquer y su «Monte de las ánimas»). A mediados de julio de ese mismo año, Ramón Berenguer III, uno de los españoles que más defendió e hizo prosperar a la orden de los «Pobres caballeros de Cristo» en nuestro país, dejó este mundo en una hacienda del Temple. «Para prepararse a morir había tomado el buen Conde el hábito de los templarios, profesando en manos de su jefe Hugo Rigaldi, y muriendo en su mismo hospital, a donde se hizo llevar», explican los historiadores del S. XIX Johannes Baptist Alzog y Vicente de la Fuente en su obra «Historia eclesiástica o adiciones a la Historia general de la Iglesia, Volumen 2». Así fue como uno de los hombres más poderosos de la Península Ibérica falleció: lejos de sus lujos, de sus bienes materiales y como un miembro más de este grupo. Ya lo decía uno de los lemas de la Orden: «Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam» («No a nosotros oh señor, no a nosotros sino a tu nombre da gloria»). Una frase que venía a significar que ellos luchaban por Cristo y por Dios y que despreciaban el dinero y los bienes materiales.
El mismo año en que Ramón Berenguer se marchó de este mundo, Alfonso I «el Batallador» siguió su ejemplo y dictó un testamento en Bayona que favorecía ampliamente a los templarios. «A Alfonso I -rey de Aragón y Navarra, conquistador de Zaragoza y artífice de la expedición a Andalucía- se le ha llamado el rey de los templarios porque cedió todo lo que tenía en vida a tres órdenes: la de los “Pobres caballeros de Cristo”, la del Sepulcro del Señor y la del Hospital. Realmente él quería hacer testamento en favor de Dios, pero al ser un concepto tan ambiguo decidió dejar sus bienes a los representantes de este en la Tierra. Como era de esperar, esto causó un gran revuelo entre los nobles del reino, que se habían preparado para recibir una suculenta suma de dinero debido a que “el Batallador” no tenía hijos», completa María Lara. En palabras de la experta española, Alfonso I fue un claro ejemplo de un monarca que quería ser monje y que hubiera deseado entrar en los templarios, pero que tuvo que morir sin tomar los hábitos debido a que su posición le exigía tener una esposa y tratar de tener una descendencia.
Cataluña, la cuna de los templarios
Tras la muerte de Ramón Berenguer III la relación de los Templarios con Cataluña no decayó, sino que se hizo más amplia. Así lo afirma el escritor Antonio Galera Gracia (investigador con más de una decena de libros de divulgación histórica sobre esta orden) en «La verdadera historia de la Orden del Templo de Jerusalén a la luz de la documentación histórica»: «Tan buenos auxilios debieron de ser proporcionados por los del Templo en el Condado de Barcelona, que en un documento que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional de fecha 15 de abril de 1134 […] escrito por Olegario, arzobispo de Tarragona […] se determinan los privilegios y exenciones que se harán a los templarios que elijan las tierras catalanas para instalarse». Poco tiempo después, en 1143, un concilio celebrado en Girona y presidido por el cardenal Guidó estableció la fundación oficial del grupo en la ciudad condal.
«En esos años participaron activamente en el avance cristiano por la Península y en la reducción de Al-Andalus. Progresivamente, en Cataluña y en España otros señores les fueron concediendo posesiones. Una de las primeras fue un castillo que se encuentra en una de las dos colinas que vigilan Lérida (el de Gardeni). Es el tributo que pagó Ramón Berenguer IV a la orden después de que esta liberase la ciudad de los musulmanes. También destacan el de Miravet (una antigua fortaleza islámica convertida en castillo y monasterio) o el de Tortosa (situado en la desembocadura del Ebro, en la frontera entre Al Andalus y los reinos cristianos). En Barcelona establecieron a partir de 1134 uno de sus cuarteles generales del mediterráneo. Aquí crearon una encomienda que actualmente guarda un pequeño banco y dos colchones que fueron utilizados por San Ignacio de Loyola durante su estancia en Barcelona en 1523», destaca Lara.

 

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