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EL CASTILLO DE PERACENSE AMPLÍA LA EXPOSICIÓN DE 7 A 17 ARMAS DE ASEDIO.

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FUENTE: diariodeteruel.es

PEREACASTLE

EL CASTILLO DE PERACENSE AMPLÍA LA EXPOSICIÓN DE 7 A 17 ARMAS DE ASEDIO.

El castillo de Peracense ha ampliado la exposición de armas de asedio, que pasa de 10 a 17. El montaje ha corrido a cargo de Rubén Sáez, responsable de Trebuchet Park de Albarracín. Con la ampliación de las armas de asedio se ha incentivado aún más el atractivo de la fortaleza medieval de Peracense. El castillo de Peracense ha superado la cifra de los 16.000 visitantes al año.

El gerente de la empresa Acrótera, que gestiona el castillo de Peracense, Jesús Franco, manifestó que la ampliación de las armas de asedio de 10 a 17 supone sin duda dotar de un mayor atractivo a la fortaleza medieval para los turistas. "Es un incentivo mayor para quienes visitan el castillo, que se suma al color de lugar y a la espectacularidad que tiene el tiene el castillo. Con la exposición, el castillo de Peracense gana más", afirmó.
La exposición "Bajo Asedio" se inició en el castillo de Peracense en junio de 2014 con 6 armas de asedio y en septiembre del mismo año se instalaron 4 más. Ahora se han instalado 7 armas de asedio. "Con este número el castillo de Peracense, 17, es pionero y referencia en España en la cantidad de armas medievales. También se ha convertido en un referente internacional", reseñó el gerente de Acrótera.
Jesús Franco señaló que con las 17 armas de asedio el castillo de Peracense ha copado casi todo su espacio, ya que la fortaleza acoge los tradicionales encuentros medievales, u otros eventos que se puedan organizar. No obstante, puntualizó que este tema se tendría que estudiar por el alcalde de Peracense, Manuel Bujeda, y el historiador y creador de las armas de asedio medievales, Rubén Sáez, y la empresa gestora de la fortaleza.
Las 17 armas de asedio están distribuidas por los tres recintos que posee el castillo de Peracense. Las nuevas armas que se pueden contemplar en el castillo son "Tigre agazapado", "Máquina defensiva de pinchos", "Qaws al Ziyar", "Brigola de dos cajas", "Mantelete para artillería", "Ariete" y "Dabbabah".
Jesús Franco destacó el incremento de número de turistas que están visitando el castillo de Peracense, que en este año ya se ha superado el número de 16.000. "Estamos muy satisfechos porque hemos conseguido el objetivo de superar los 16.000 visitantes. En 2013 hubo 13.094 visitantes. El pasado año, 15.480 y este año al mediodía de hoy, ayer para los lectores, se ha contabilizado 16.096 visitantes. En dos años hemos logrado más de 3.000 visitas, lo que es todo un récord para para el castillo".

Falta la señalización en la A-23 y en las nacionales

El gerente de la empresa que gestiona el castillo de Peracense, Jesús Franco, reclamó que se ejecute la señalización aprobada por las Administraciones competentes de la fortaleza medieval.
Jesús Franco recordó que se tiene que instalar señalización en la autovía Mudéjar, A-23, y en todas la carreteras que hay de Santa Eulalia del Campo y Villafranca del Campo, principales entradas para el castillo de Peracense. "Dijeron que sería en septiembre cuando pondrían la señalización del castillo de Peracense, pero estamos en diciembre y no han colocado la señalización. Para el castillo de Loarre, Huesca, también está contemplada la señalización del castillo, igual que para Peracense". El gerente de Acrótera añadió que con la señalización del castillo se incrementaría más el número de visitantes a la fortaleza. Visitantes cuya procedencia son en primer lugar de Zaragoza, seguidos de Valencia.

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LA BATALLA OLVIDADA DE CUTANDA, DONDE ALFONSO "EL BATALLADOR" FRENÓ A LOS MUSULMANES MÁS EXTREMISTAS

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FUENTE: ABC.ES

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LA BATALLA OLVIDADA DE CUTANDA, DONDE ALFONSO "EL BATALLADOR" FRENÓ A LOS MUSULMANES MÁS EXTREMISTAS

CÉSAR CERVERA

La Asociación Batalla de Cutanda se ha propuesto rescatar del olvido el combate, empezando por encontrar la ubicación exacta del campo de batalla. Dentro de la leyenda, se dice que Alfonso I de Aragón venció a los musulmanes en más de 100 batallas, siendo la principal baza cristiana contra los almorávides.

Antes de la llegada de los fanáticos Almohades a la Península ibérica –cuyo expansión fue frenada en la celebrísima batalla de Navas de Tolosa (1212)–, los territorios cristianos habían padecido otra oleada de extremistas del Islam un siglo antes, los almorávides. El Imperio almorávide estaba vertebrado por unos monjes-soldado procedentes degrupos nómadas del Sáhara, que abrazaron una interpretación rigorista del Islam y consiguieron trasladar su guerra santa al otro lado del Mediterráneo en el siglo XI. Viéndose cada vez más acorralados por los reinos cristianos, que en 1085 tomaron Toledo, los musulmanes andalusíes decidieron pedir auxilio a los curtidos guerreros almorávides, bajo el mando de su jefe Yusuf ibn Tasufin. Aquella decisión fue la perdición de los andalusíes moderados, y supuso para los cristianos un nuevo derrumbe de sus fronteras.

Alfonso VI de León fue derrotado en la batalla de Sagrajas, cerca de Badajoz, el 23 de octubre de 1086, a manos de ese grupo de fanáticos que vestían con piel de oveja y se alimentaba con dátiles y leche de cabra como los legendarios fundadores del Islam. Después de esta batalla, los almorávides se alzaron como dueños y señores del sur de la Península, obligando de nuevo a los cristianos a asumir una posición defensiva. En 1094, la conquista de Valencia por el Cid Campeador dio un respiro a los territorios próximos a lo que hoy es Aragón, pero la muerte de éste provocó que en 1102 numerosas plazas pasaran de golpe al dominio islámico. La amenaza se cernía de nuevo sobre toda la franja mediterránea.
Vestían con piel de oveja y se alimentaba con dátiles y leche de cabra como los legendarios fundadores del Islam.
El reino taifa de Zaragoza se subordinó a los líderes almorávides cuando vio comprometidas sus tierras por el rey aragonés Alfonso «El Batallador», en un pacto con el diablo parecido al que ya hiciera el sevillano al-Mutamid tras la caída de Toledo. En 1110, los almorávides entraron en Zaragoza en medio de los vítores de buena parte de la población para tomar control de la ciudad. No en vano, en una demostración de que la expansión de los recién llegados perjudican tanto a los cristianos como a los musulmanes moderados,Abd Al-Malik Imad Al-Dawla («Pilar de la dinastía»), el último rey de la Taifa de Zaragoza, se replegó al castillo de Rueda de Jalón, donde se declaró vasallo del monarca Alfonso I de Aragón. Solo el rey guerrero parecía capaz de interponerse entre los musulmanes más extremistas y los territorios cristianos.

Alfonso «el Batallador» impone su genio

La leyenda del aragonés afirma que venció a los musulmanes en más de 100 batallas, siendo la principal baza cristiana contra los almorávides. Tras arrebatarles Zaragoza en una suerte de cruzada, Alfonso I tomó Tudela, Tarazona y otras poblaciones de los valles del Ebro, Huesca y Jalón. Frente al avance cristiano, el emir Ali b Yusuf encargó a su hermano, Ibn Tayast, poner en marcha en el invierno de 1119 un ejército que sacara rédito de las disenciones entre Alfonso y su esposa doña Urraca, reina de León y de Castilla. «El Batallador», lejos de rehuir el combate, levantó el asedio que mantenía sobre Calatayud al saber que Ibn Tayast iba en su búsqueda.

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                                                             PINTURA DE UN GRUPO DE JINETES ALMORÁVIDES

Alfonso I puso sitio a la fortaleza de Cutanda, una población cercana a Daroca (Teruel), con la ayuda de Guillermo IX, conde de Poitiers, y sus 600 caballeros. En Cutanda aguardó a la espera de la llegada del grueso de las fuerzas almorávides. Lo que ocurrió allí solo se conoce a grandes rasgos. Como advierte el historiador Alberto Cañada Juste en su análisis de Cutanda, no caben las narraciones sino «las aproximaciones» en las batallas medievales, dada la escasez y poco precisión de las fuentes del periodo. Por no saberse, ni siquiera se conoce el lugar exacto de la batalla. Se calcula que debió producirse en un valle, hoy totalmente cultivado, que se extiende entre dos lomas de pequeña altura, donde a veces han aparecido huesos al laborear la tierra. Una cañada denominada con el estimulante nombre de la «Celada».
¿Se valió Alfonso de algún ardid para vencer a los musulmanes como sugiere el nombre del campo de batalla, «Celada»? Los que han investigado la contienda insisten en que «Celada» puede leerse como «emboscada de gente armada en paraje oculto, acechando al enemigo para asaltarlo descuidado o desprevenido». Nada que se pueda resolver con los datos hoy disponibles. Un documento extranjero, la Chronique de Saint-Maixent, realiza una narración superficial del choque, poniendo énfasis –como corresponde a una crónica gala– en la presencia de nobles franceses allí: «En el año 1120, el decimoquinto día de las calendas de julio, el conde Guillermo de Potiers y el duque de los aquitanos, y el rey de Aragón, lucharon con Ibrahim y otros cuatro reyes de las Españas, en el campo de Cotanda; vencieron completamente y mataron a 15.000 de los moabitas (mahometanos) e hicieron innumerables prisioneros. Se apoderaron de dos mil camellos y de otras bestias sin número y sometieron un número muy grande de castillos».
Una «celada» puede leerse como una emboscada de gente armada en paraje oculto.
Las crónicas musulmanas tampoco son capaces de dar un relato más preciso, pero apenas pueden maquillar el desastre militar que supuso Cutanda para los almorávides. La envergadura de la derrota queda retratada en la vigente de la expresión popular «peor fue que la de Cutanda» o «peor fue la de Cutanda» con el sentido de minimizar desgracias. No parece verosímil, en cualquier caso, que los cristianos pudieran reunir 12.000 jinetes; ni el que fueran capaces de causar 20.000 muertes.
Pero pasara lo que pasara en Cutanda, es incuestionable que Alfonso I salió vencedor. El aragonés entró una semana después en Calatayud y se apoderó de un sinfín de plazas por el camino. En las siguientes décadas, los musulmanes perdieron cualquier interés en la zona y se concentraron en defenderse de la ofensiva imparable de Alfonso I, al que solo su trágica muerte en 1134 le impidió seguir avanzando por el corazón de Al-Andalus. Sitiando la fortaleza deFraga con apenas quinientos caballeros, el rey aragonés sufrió el contaataque sorpresa de la guarnición musulmana. Aunque el veterano monarca logró huir y salvarse en primera instancia, las heridas del combate devinieron en su muerte el 7 de septiembre de ese año en la localidad monegrina de Poleñino, entre Sariñena y Grañén.

Buscando una batalla nueve siglos después


En fechas recientes, la Asociación Batalla de Cutanda ha planteado la posibilidad de resolver de una vez si realmente la zona conocida como la Celada es el lugar donde tuvo lugar la contienda. «Sabemos de la dificultad de encontrar el raastro, ya sea en forma de huesos o de restos de armaduras, de algo que ocurrió hace 900 años durante aproximadamente un par de horas, pero creemos que merece la pena intentarlo. El valor arqueológico de una batalla de esa magnitud es inigualable. No hay apenas material conservado de una episodio militar de ese siglo», explica a ABC Rubén Sáez Abad, historiador especializado en el campo militar y miembro de la asociación. Este grupo de aficionados a la historia militar nació originalmente para celebrar recreaciones del combate, aunque consideraron que la mejor manera de recuperar la batalla del olvido era desenterrando sus restos. «Una de las razones por las que la batalla ha pasado inadvertida en la historia es porque nunca se ha hallado el campo arqueológico», recuerda Sáez Abad.

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                                            SOLDADOS DEL REGIMIENTO DE PONTONEROS PROSPECTAN EL LUGAR

Así, un pequeño grupo de arqueólogos, entre ellos Javier Ibáñez, se desplazó a la zona hace pocos meses a realizar un primer análisis. Las prospecciones superficiales han dado lugar a muchas evidencias (4.200 piezas, entre restos de cerámica, fragmentos de huesos y elementos metálicos), pese a lo cual todos los esfuerzos se concentran en encontrar alguna de las fosas comunes donde habrían sido enterrados los musulmanes, así como posibles tumbas cristianas en los alrededores.
La Asociación Batalla de Cutanda ha contado con la ayuda de el Ministerio de Defensa para esta fase de la búsqueda. Una Unidad de Pontonero desplegaron el pasado viernes, día 30 de octubre, sus sistemas de detección geofísica (georradar) y magnética en la tarea de intentar hallar restos materiales. En total, cinco soldados de la Compañía de Desactivación de Explosivos del Regimiento de Pontoneros de Zaragoza rastrearon un espacio de 800 metros cuadrados con cinco equipos –utilizados habitualmente para la detección de explosivos enterrados– para intentar localizar vestigios del combate. El georradar es una técnica no intrusiva que permite detectar la presencia de estructuras (fosas, muros, suelos, etc.) y de remociones e irregularidades del terreno existentes en el subsuelo sin necesidad de realizar una excavación en profundidad.

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SER SIERVO Y CABALLERO DE CRISTO ¿CÓMO SE INGRESABA EN LA ÓRDEN DEL TEMPLE?

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SER SIERVO Y CABALLERO DE CRISTO ¿CÓMO SE INGRESABA EN LA ÓRDEN DEL TEMPLE?

TOMÁS SAN CLEMENTE DE MINGO

Para ingresar en la Orden y ser Caballero de Cristo era necesario, tras la solicitud correspondiente, pasar un periodo de prueba. Era imprescindible pasar por una fase de novicio.
Se prohibía acoger a niños en las encomiendas, no se podía entrar antes de los dieciocho años de edad (esto no se cumpliría a rajatabla), con el argumento de que quien deseara entregar a su hijo al Temple debería educarlo "hasta que sea capaz de empuñar las armas con vigor"; cuando así fuera, los padres deberían de llevarlo a la casa de la Orden (encomienda). Ahí comenzaba el periodo de prueba, sobre el que no se establecía duración concreta.
Al superar esta fase, se preguntaba al resto de hermanos si alguno de ellos tenía algún inconveniente en acoger en la Orden al "nuevo". Si no había objeción por parte de nadie, el pretendiente sería conducido a una estancia situada cerca de la sala donde se reunía el Capítulo, donde era asistido o por "dos hombres de mérito" o por "tres de los más ancianos de la casa", que debían indicarle lo que tenía que hacer a partir de ese momento. Esos padrinos, le preguntaban si solicitaba ingresar en el Temple y ser siervo y esclavo de la Orden "para siempre"; si contestaba que sí, pasaban a explicarle los sufrimientos que debería de afrontar como Caballero templario. A continuación le interrogaban por su condición y acerca de su pasado, para ver si cumplía sus requisitos para ser caballero de la Orden, siendo los siguientes:

- No tener esposa o prometida.
- No haber hecho voto de promesa en ninguna otra orden.
- No tener ninguna deuda con un seglar que no pudiera pagar.
- Estar sano de cuerpo y no padecer enfermedades secretas.
- No ser siervo de ningún hombre.
- No estar excomulgado.

 

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Si cumplía con estos preceptos, el aspirante eran conducido a la sala preparatoria hasta la del Capítulo, a presencia del maestre o de quién lo representara. Los padrinos lo presentaban y declaraban que, tras haberlo sometido a interrogatorio, no encontraban ningún obstáculo que impidiera su ingreso en el Temple.
El maestre se dirigía a los presentes preguntando si alguien conocía algún motivo para no ingresar, y si no lo había, preguntaba al aspirante si solicitaba el ingreso en la Orden, a lo que éste debía responder que sí deseaba ser siervo y esclavo para siempre.
El maestre le advertía que debería obedecer a cuanto se le ordenase, y que no se tendría en cuenta sus deseos y apetencias, sino todo lo contrario, que se le enviaría a servir a la orden a donde no desease ir y que se le despertaría cuando durmiese o se le ordenaría descansar cuando quisiese estar despierto. El aspirante mostraba su acatamiento.
A continuación el maestre le invitaba a salir de la sala capitular para rezar. Tras su salida, volvían a ser preguntados los miembros del Capítulo sobre si había algún motivo de rechazo. Ahora, el aspirante, debía de hincar las rodillas en el suelo, con las manos unidas, y solicitar el ingreso.
Todos juntos rezaban un padrenuestro y el maestre, o el comendador en su caso, le preguntaba si cumplía los requisitos citados, y se le informaba con los siguientes castigos sino era cierto que los reunía:

- Si se demostraba que tenía mujer, sería despojado del hábito, encarcelado y sometido a vergüenza pública y expulsado de la orden para siempre.
- Si subiera estado en otra orden sería despojado del hábito, expulsado del Temple y devuelto a origen.
-Si estuviera enfermo sería expulsado.
- Si se demostrara que había pagado para entrar, sería acusado de simonía y expulsado.
- Si se trataba de un hermano caballero se le podía preguntar si era hijo de caballero y dama y si su padre era del linaje de los caballeros, y si había nacido de un matrimonio legal.

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Cumplido este requisito, se exigía los tres votos monásticos: obediencia al maestre y a cualquier superior, castidad de por vida, y pobreza. Además, tenía que jurar los votos como soldado de Cristo y observar las costumbres y tradiciones de la Orden, ayudar a conquistar Tierra Santa de Jerusalén y no actuar en contra de ningún cristiano. El aspirante pronunciaba a continuación la profesión de fe con la siguiente fórmula:

" Yo, (nombre) estoy dispuesto a servir a la regla de los caballeros de Cristo y de su caballería y prometo servirla con la ayuda de dios por la recompensa de la vida eterna, de tal manera que a partir de este día no permitirá que mí cuello quede libre del yugo de la regla; y para que esta petición de mí profesión pueda ser firmemente observada, entrego este documento escrito en la presencia de los hermanos para siempre, y con mí mano lo pongo al pie del altar que está consagrado en honor de Dios Todopoderoso y de la bendita Virgen María y de todos los santos. Y ahora en adelante prometo obediencia a dios y a esta casa, y vivir sin propiedades, y mantener la castidad según el precepto de nuestro señor el papa, y observar firmemente la forma de vida de los hermanos de la casa de los Caballeros de Cristo"

A cambio de todos estos votos, al aspirante solo le ofrecían "el pan y el agua y las modestas ropas de la casa y mucho dolor y sufrimiento".
La ceremonia continuaba con la imposición de hábitos; el maestre tomaba el manto blanco con la cruz roja, distintivo de los caballeros templarios, y lo colocaba sobre los hombros del aspirantes, atándole las cintas al cuello mientras el capellán rezaba en voz alta el salmo 132 y una oración al Espíritu Santo para rezar todos después un padrenuestro. Un beso en la boca cerraba el ritual (a modo de vasallaje).
Ahora era cuando se le enumeraban las obligaciones, a saber:

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-No golpear a ningún cristiano, ni tirarle del pelo, ni patearlo.
-No jurar por Dios, ni por la Virgen, ni por los santos.
-No usar los servicios de una mujer, salvo por enfermedad y con permiso, ni besar a una mujer, aunque fuera la propia madre o hermana.
-No dirigirse a ningún hombre con insultos ni con palabras malsonantes.
-Dormir siempre en camisa, pantalones y calzones ceñidos con un cinturón y no usar otra ropa que la que proporcionase el hermano pañero.
-Ir a la mesa del comedor sólo cuando sonara la campaña, y esperar a la bendición antes de empezar a comer.
-Levantarse para rezar los maitines y todas las oraciones del día.
-Acudir a capilla en acción de gracias una vez comido.

BIBLIOGRAFÍA:

CORRAL, José Luís: Breve Historia de la orden del Temple, Barcelona, 2007

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LOS CINCO EJÉRCITOS Y LA TOMA DE NICEA

Escrito por Tomás San Clemente De Mingo on . Escrito en Medieval

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LOS CINCO EJÉRCITOS Y LA TOMA DE NICEA

TOMÁS SAN CLEMENTE DE MINGO

En el contexto de la primera cruzada, el ejército o ejércitos de los varones latinos eran para su época de tremendas dimensiones. Se cree que en total los ejércitos cruzados sumaban varios miles de caballeros: Raimundo de Saint- Gilles, Godofredo de Bouillon y Roberto de Normandía capitaneaban cada uno cerca de mil caballeros, y el conde de Blois y el conde Flandes a varios centenares, y Bohemundo se elevaba a siete u ocho mil hombres, debía de tener no menos de quinientos caballeros bajo sus órdenes. El caballero a su vez representaba una unidad de combate que comprendía a cinco o seis soldados escogidos. Aparte de los caballeros, estos ejércitos contaban con arqueros, técnicos, desde ingenieros hasta encargados de las máquinas de guerra. En definitiva, un extenso número de personal auxiliar. Los soldados rasos, gente de pie armada con lanzas pequeñas, garrotes y cuchillos, también tenían criados a su cargo que no combatían, pero que se empleaban en otras tareas del campamento y asedio.
Los ejércitos( eran cinco: el de los lorenenses, el de los provenzales, el de los flamencos y los franceses, el de los normandos y el de los normandos de Sicilia) asustaron por sus dimensiones al Basileus Alejo Comneno. De hecho los griegos atemorizados creyeron que los latinos podían apoderarse de Constantinopla.
Iban bien preparados. Sabían que los turcos eran unos temibles adversarios y no creían que fueran a vencerles con la sola intervención divina. Sabían perfectamente el riesgo que corría un gran ejército en un país extranjero y hostil. Y tenían como enemigo a un pueblo conquistador y dominante. También conocían los cruzados que los turcos no eran una fuerza homogénea y que la herencia de Malik-shah había caído en manos de diversos herederos que se disputaban la hegemonía, que era el momento acertado para intentar derribar el poderío turco, y el camino de Jerusalén pasaba por Nicea y que tanto ellos como Bizancio necesitaban vencer primero a los turcos en Asia Menor y establecer el dominio griego en el camino de los Santos Lugares.

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El primer objetivo del ejército cruzado (ahora contaba con el contingente griego al mando de Tatikios) fue la ciudad de Nicea, fortaleza situada casi en frente del Bósforo, ciudad con un pasado cristiano y plaza de vital importancia en vistas a la seguridad de Constantinopla. Ciudad (Nicea) que dieciséis años antes había caído en manos de los Selchuquíes, era ahora la capital del sultán Qilich-Arslan, hijo de Sulayman. Cuando desembarcaron los cruzados, el sultán estaba combatiendo en las montañas de Armenia contra otro soberano turco, Malik Ghazi Gumushtekin, hijo de Danichmand, que hacía tiempo disputaba a los selchuquíes el dominio del norte de Asia Menor, desde el mar negro hasta el Caspio. Aún así mandó refuerzos para hacer frente a los cruzados: demasiado tarde. La ciudad estaba rodeada y las tropas turcas fueron rechazadas con una facilidad pasmosa. Tras un mes y medio de sitio, la guarnición de Nicea y la esposa de Qilich- Arslan negociaban las condiciones de la rendición.
El sitio no fue nada fácil, pues era una ciudad grande y bien defendida. Los cruzados y griegos trabajaron hombro con hombro y complementándose perfectamente. Si los latinos eran más numerosos, los griegos desempeñaron un papel fundamental gracias al uso de su maquinaria y a su flota.
La toma de Nicea fue la primera gran victoria del ejército cruzado, pero también abrió ciertas diferencias entre griegos y cruzados, pues la guarnición sitiada de Nicea negoció con el griego Tatikios su rendición, y a través de él con el emperador, a espaldas de los cruzados. Los turcos veían más natural dirigirse a los griegos por razones de vecindad, pero lo peor es que no comunicaron nada a los cruzados y estos prepararon el asalto y el día 28 de junio y justo cuando iban atacar el bastión musulmán se encontraron que en las torres ondeaban las banderas imperiales: Nicea volvía a ser bizantina. Los jefes cruzados fueron lo bastante correctos y no demostraron su descontento.

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TODOS LOS HOMBRES MUEREN, PERO NO TODOS LOS HOMBRES REALMENTE VIVEN

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FUENTE: abc.es

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TODOS LOS HOMBRES MUEREN, PERO NO TODOS LOS HOMBRES REALMENTE VIVEN

JOSÉ LUÍS ESPINOSA

El 23 de agosto de 1305 fue ejecutado el héroe escocés William Wallace, presentado mundialmente en sociedad en 1995 con la película «Brave Heart»

Ocurre con más frecuencia de la deseada que el cine o la literatura ofrecen versiones desvirtuadas, quizá endulzadas e idealizadas, de personajes históricos tan apasionantes y desconocidos, que tras pasar por el taller de «chapa y pintura» de las productoras llegan a los ojos del espectador tan sumamente ficcionados, que cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad.
Este es el caso de Sir William Wallace, ese ávido guerrero escocés elevado a máximo representante de la libertad en la legendaria cinta«Brave Heart». Producida, dirigida y protagonizada por Mel Gibson en 1995, este laureado largometraje narra en voz de Robert Bruce, aspirante al trono escocés en la época, las aventuras de William Wallace. El hombre que luchó y murió por la libertad de los escoceses y cuyos restos acabaron repartidos entre Escocia e Inglaterra cómo aviso a futuros navegantes.
El 23 de agosto 1305 William Wallace fue cruelmente ejecutado tras ser declarado culpable de traición al Rey de Inglaterra, Eduardo I. La muerte de Wallace fue condición «sine qua non» impuesta por Eduardo I para alcanzar un esbozo de paz con los nobles escoceses. Así, Wallace fue traicionado y entregado a los ingleses. Para no otorgarle más épica de la que ya tenía, el Rey de Inglaterra decidió juzgarle como a un delincuente común y encerrarlo hasta su ejecución en la «Bloody Tower» de Londres.
Aunque sea de las últimas escenas de la película, su ejecución es uno de los aspectos de la vida de William Wallace que «Brave Heart» no representó con total fidelidad. Es verdad que la escena es bastante dura, pero cómo suele decirse la realidad siempre supera a la ficción. William Wallace no fue «sólo» decapitado; murió en la horca, pero no del modo que acostumbramos a ver. A Wallace le ahorcaron desde una altura insuficiente para partirle el cuello, le arrancaron las tripas y aún en vida,le obligaron a ver arder sus vísceras en el fuego. Su cadáver fue decapitado y descuartizado. Su cabeza fue exhibida en una pica por las calles de Londres durante los días sucesivos, y para dejar claro lo que implicaba la traición al Rey sus piernas se enviaron a Perth y a Aberdeen, y sus brazos a Berwick y a Newcastle.

El origen de William Wallace
La historia de William Wallace surge de un poema épico escocésde la segunda mitad del siglo XV titulado «The Wallace» y cuya autoría se atribuye al juglar «Enrique el Ciego». Similar a nuestro «Cantar del Mio Cid», el poema escocés ensalza las virtudes de William Wallace hasta elevarlo a la condición de héroe. Otras fuentes, de procedencia inglesa, muestran a Wallace como un bárbaro y un bandido que sembraba el caos y el terror allá por donde su espada hacía brotar la sangre inglesa.
William Wallace nació en 1270 en Elderslie, localidad escocesa del condado de Ayrshire, y fue el hijo menor de Malcom Wallace, un terrateniente con propiedades y rentas en Elderslie y Auchinbothie. Como era común en aquella época solo los primogénitos tenían derecho a heredar las rentas, así que el pequeño William fue enviado con su tío, quien se encargaría de su educación y su preparación para entrar a formar parte de la iglesia. Se desconoce si recibió también formación militar, aunque por la condición de su padre es probable que así fuera.
Desde el comienzo de la película «Brave Heart» muestra una versión distorsionada de la historia de Wallace, pues su padre no fallece siendo él un niño, sino que según diversas fuentes disponibles, Malcom Wallace muere durante un saqueo realizado en Ayrshire por tropas inglesas en 1291, fecha en la que William Wallace ya contaría con 21 años. Así, la muerte de su padre desataría el ansia de venganza en un joven William Wallace que desde entonces se comprometería con la lucha por la libertad de los escoceses.

La batalla de Stirling vio nacer al mito
Es necesario señalar que el lucha entre ingleses y escoceses se remonta al final del reinado de Alejandro III de Escocia. A su muerte en 1286 sube al trono su nieta Margaret, conocida como «la dama de Noruega». Eduardo I de Inlgaterra planeó casarla con su heredero pero la repentina muerte de Margaret en 1290 malogró el operativo. Así, Eduardo I se ofreció como garante de la paz mientras que los clanes escoceses decidían quién ocuparía el trono. La dilatación del proceso acabó con la paciencia del Rey de Inglaterra que en 1296 decidió invadir Escocia, y es en este momento cuando empieza a tomar relevancia la figura de William Wallace.
En septiembre de 1297 tuvo lugar la batalla de Stirling, en la que los escoceses capitaneados por Wallace y Sir Andrew de Moray, este último completamente olvidado en «Brave Heart», obtuvieron una importante victoria sobre las tropas inglesas. Esta victoria, unida a una pequeña incursión de Wallace en territorios ingleses, tuvo una enorme repercusión. Por un lado el Rey Eduardo I empezó a ser consciente del peligro militar que suponían Wallace y sus secuaces; y por otro, la nobleza y el pueblo escocés lo encumbraron hasta tal punto, que uno de los aspirantes al trono, John Bailleul, lo armaría caballero y guardián del reino en diciembre de ese mismo año; nacía entonces la leyenda de Sir William Wallace.
Poco tiempo tendría el recién armado caballero para saborear las mieles del éxito, pues la reacción de Eduardo I, tras la gran cura de humildad que Wallace infringió a sus tropas, sería preparar una ofensiva mucho más cruel y mejor organizada contra los escoceses. William Wallace y sus hombres fueron derrotados en la batalla de Falkirk el 22 de julio de 1298. En esta ocasión los arqueros ingleses y sus flechas de fuego fueron demasiado para los escoceses, que sufrieron una estrepitosa derrota.
Este acontecimiento es uno de los momentos más épicos de la película «Brave Heart», pues el discurso de arenga de Wallace a sus tropas antes de la batalla, pasará a los anales de la historia del cine al igual que algunas de las palabras pronunciadas por Mel Gibson en esa escena: «Si Wallace estuviera aquí, acabaría con los ingleses echando fuego por los ojos... y rayos por el culo».
En el filme se muestra a un William Wallace que tras caer derrotado emprende la vía diplomática con los nobles escoceses para seguir haciendo frente a la invasión inglesa. En realidad, Wallace huyó de Escocia una vez recuperado para, entre 1299 y 1303, entrevistarse con distintos personajes. En primer lugar visitó al rey de Francia, Felipe el Hermoso, para que se posicionaran del lado escocés. También viajó a Roma para ser recibido por el Papa Bonifacio VIII, e incluso llegó a visitar Noruega, y a su monarca Haakon VII, con la esperanza de que los vínculos entre ambos países, por la princesa Margaret, supusieran algún tipo de ayuda para mantener una Escocia libre e independiente.

Traicionado por su propio éxito
Una vez fracasada la vía diplomática, William Wallace regresó a Escocia para reorganizar la resistencia oculto en un mercante francés, acontecimientos estos también olvidados por «Brave Heart». A su regreso Wallace tuvo que ocultarse pues se encontró con una Escocia sitiada por Eduardo I, quien en 1304 reconquistó el castillo de Stirling, aquella victoria que vio nacer al mito de William Wallace y que paradójicamente acabaría significando su final.
Con la toma de Stirling los nobles escoceses decidieron que lo mejor era firmar un tratado de paz con Inglaterra, sin embargo se encontraron de frente con la cruda realidad. El Rey Eduardo I exigía como condición indispensable para la paz la cabeza del hombre que más lo había humillado hasta entonces: Sir William Wallace. El 5 de agosto de 1305 Wallace sería entregado a los ingleses, que lo detendrían en su escondrijo de Roybroston, en Glasgow. Su delator fue John de Menteith, gobernador de Dumbarton, cuyos hijos habían fallecido a las órdenes de Wallace.
Así, William Wallace pasó de ser el hijo de un mero terrateniente escocés, al hombre sin cuya cabeza sería imposible atisbar la paz. Una historia que conoció el mundo gracias a «Brave Heart», y un personaje cuyas hazañas inspiraron a una nobleza escocesa que el 1 de mayo 1328, vería reconocida su independencia de Inglaterra con la firma del Tratado de Edimburgo-Northampton. Una realidad que honra al protagonista de estas líneas, cuya legendaria historia fue plasmada en un poema, y cuya épica gesta narró en pantalla Robert Bruce, Roberto I de Escocia.

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