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LOS EJÉRCITOS Y EL DESARROLLO INDUSTRIAL.

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Os transcribimos el artículo aparecido en catedraisdf en julio de este año. Nos ha parecido sumamente intersante y abierto, deseamos, a debate.

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De la influencia histórica que han tenido los ejércitos (o más bien las necesidades derivadas de los ejércitos) en el desarrollo de la ciencia y la tecnología ya hemos hablado en repetidas ocasiones. En nuestro artículo ‘La necesidad, el deseo y el sueño en la creación técnica’, publicado en la Wiki de la Cátedra, relatábamos cómo las actividades del hombre dedicadas al ataque y a la defensa habían sido factores importantes que, en momentos concretos, contribuyeron al desarrollo de inventos, artefactos, obras, máquinas, métodos, sistemas y organizaciones.

Y precisamente en el artículo mencionado introducíamos, en las referencias bibliográficas, un libro que nos sirve ahora como base argumental para desarrollar la idea de que milicia y desarrollo tecnológico han ido históricamente de la mano: el libro ‘Técnica y Civilización’ del humanista estadounidense Lewis Mumford, una obra que vio la luz en 1934 y que constituyó un hito en los estudios sobre la historia de la máquina en el mundo occidental.

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L. Mumford.

En ella se viene a decir que “quizás la mayor influencia positiva en el desarrollo de la máquina haya sido la del soldado”, que tenía “a sus espaldas el largo desarrollo del cazador primitivo”. La forma predatoria de vida de los hombres prehistóricos (las cosas vivientes eran para ellos carne, pieles, enemigos y trofeos en potencia) fue la que originó la necesidad de contar con herramientas que permitiesen al cazador, y posteriormente al soldado, alcanzar sus objetivos.

Las armas primitivas se fueron perfeccionando (puntas de flecha, lanzas, hondas…) y posteriormente comenzó la organización colectiva y la regimentación de los ejércitos. Conforme se iban perfeccionando las armas, la guerra comenzó a hacerse más salvaje. A medida que avanzaba la civilización, el cazador avanzaba hacia la conquista sistemática de botines, esclavos, el estado político… Y así, mientras el perfeccionamiento de los instrumentos de guerra iba in crescendo, se llegó a un punto de no retorno: la voluntad de orden (materializada en el invento del reloj mecánico) y la voluntad de poder (a través del uso del cañón en el siglo XIV) convergieron y así fue como nació la máquina tal y como la conocemos.

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Un libro altamente recomendable.

Sigue contando Mumford en su obra que la conscripción (o reclutamiento de soldados), sumada a las fuerzas de milicias voluntarias que surgieron tras la Revolución Francesa (1789), más los hábitos de pensamientos soldadescos del siglo XVII ligaron para siempre los destinos de los ejércitos y las fábricas. De hecho, según el humanista estadounidense, el desarrollo de la industria pesada se produjo como respuesta a la guerra. Pero Mumford se cuestiona: ¿Hasta dónde tiene uno que remontarse para demostrar el hecho de que la guerra ha sido quizás el principal propagador de la máquina?

Cita, entonces, el autor algunos ejemplos: la flecha envenenada o la bolita con veneno fueron las precursoras de los gases tóxicos; el carro armado con las guadañas que giraban con su movimiento segando a los soldados de a pie fue el precursor del tanque moderno; el uso del petróleo ardiente y el fuego griego fueron el embrión del más móvil y efectivo lanzallamas… Tras este repaso histórico, Mumford concluye que el militarismo forzó el paso y abrió una estrecha senda al desarrollo de la industria estandarizada en moderna escala, y subraya que el efecto de las armas de fuego sobre la técnica fue de suma importancia.

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“Para empezar -señala-, necesitaron el amplio uso del hierro, tanto para los cañones como para las balas”, lo que propició el desarrollo de la fabricación a gran escala y, por consiguiente, del tejido industrial que se dedicaba a estos menesteres. Y, en segundo lugar, “el cañón fue el punto de partida de un nuevo tipo de máquina generadora de energía” ya que, en su aspecto mecánico, “era un motor de combustión interna de un cilindro”. Esos fueron los orígenes del motor de gasolina moderno.

Pero aún hay más: en la medida que la táctica de la ofensiva se hizo más mortífera, proliferaron la construcción de carreteras, de canales, pontones con barcazas… Así, Mumford afirma que “la guerra creó un tipo nuevo de director industrial que no era un albañil, ni un herrero, ni un maestro artesano: el ingeniero militar”. “En cada fase de su desarrollo moderno -insiste el humanista estadounidense- fue más bien la guerra que la industria y el comercio la que mostró en plan general los principales rasgos que caracterizan la máquina”, y añade: “El ejército es, de hecho, la forma ideal hacia la cual debe tender un sistema industrial puramente mecánico”.

 

Saludos.

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