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SIRIA: PERSPECTIVAS DESDE LA HISTORIA.

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Os dejamos el artículo de opinión que, sobre el futuro de la situación en Siria, redacta Javier Lion Bustillo, profesor de la Universidad de Cádiz, especialista en Oriente Medio y autor del nuevo libro de HRM Ediciones, ¿Aliados o enemigos? La SGM en Próximo Oriente, 1941 donde se narra, entre otros, el enfrentamiento entre la Francia de Vichy, por un lado, y la Commonwealth y la 1ª División de la Francia Libre por otro en Siria y el Libano

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Esperamos que promueva el debate.


Javier Lion

En un momento en el que los tambores de guerra parecen resonar en el escenario internacional tras la amenaza del Presidente Obama de lanzar una campaña de represalia contra las autoridades y las Fuerzas Armadas sirias, no resulta superfluo el realizar una breve evaluación de los posibles efectos que podría tener para ese país. En primer lugar, el surgimiento como Estado es bastante reciente. Su separación del Imperio Otomano fue seguida por el establecimiento de un Mandato francés que se caracterizó por una fuerte represión de las corrientes nacionalistas (dejando un fuerte sentimiento de suspicacia ante la intervención occidental) y por la práctica de una política de “divide y vencerás”, fomentando las disputas entre las distintas minorías (sunníes, alauíes, cristianos, drusos, etc.) que habitaban la zona. Precisamente, una característica del país es el elevado pluralismo cultural y religioso, con distintos grupos que si bien se distribuyen de forma desigual por el territorio nacional, no están demasiado concentrados geográficamente, siendo bastante común el que en una misma localidad convivan distintas minorías. La política interna siria siempre se ha visto fuertemente condicionada por los conflictos sectarios y por el clientelismo, por lo que cualquier intervención exterior puede tener un impacto notable en el equilibrio de fuerzas entre los distintos grupos. De hecho, en los últimos años tanto desde el régimen como desde la oposición se han dado pasos para profundizar el carácter sectario del conflicto, lo que supone un notable riesgo para la convivencia en el país.

Desde el inicio de las hostilidades en Siria hace más de dos años, el carácter de los contendientes se ha ido haciendo más complejo. Por parte del régimen, sus Fuerzas Armadas sufrieron en el pasado la deserción de un número apreciable de elementos, pero la gran mayoría del material pesado y más moderno sigue en manos de Assad, que controla por completo el espacio aéreo y marítimo, lo que le permite asegurarse las rutas de abastecimiento exterior. Igualmente, la ventaja gubernamental es enorme en lo relativo a unidades blindadas y artillería. La calidad de este armamento es baja para enfrentarse con ejércitos de países desarrollados, pero es lo suficientemente poderoso como para mantener a raya a las milicias de la oposición. Por otra parte, el componente humano de las Fuerzas Armadas sirias es muy heterogéneo, con numerosos miembros con escasa preparación, pero existiendo también unidades con un buen adiestramiento y una notable experiencia de combate en territorio libanés. A ello hay que añadir las unidades paramilitares (los tradicionales Shabiha), férreamente identificados con el régimen y que han cobrado creciente fuerza en los últimos meses, pasando a denominarse Fuerzas de Autodefensa.

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Por lo que respecta a la oposición, sus unidades militares poseen una enorme heterogeneidad. Algunas de ellas se agrupan bajo la denominación de Ejército Libre Sirio (ELS), el cual constituye en realidad una amalgama de desertores de las Fuerzas Armadas (algunos de ellos con grandes responsabilidades en el régimen de Assad) y nuevos combatientes reclutados entre opositores (de corte predominantemente nacionalista o islamista) y ciudadanos que se han visto envueltos en el conflicto. A ello hay que añadir las distintas milicias islamistas más radicales. El armamento de estos grupos procede en parte de los propios arsenales de las Fuerzas Armadas y del exterior, siendo sobre todo de tipo ligero y de calidad variable, ya que parte de los equipos llegados del exterior son bastante sofisticados.

Un factor decisivo en el desarrollo del conflicto es el del apoyo militar exterior. Rusia e Irán se han volcado en proporcionar ayuda al régimen de Assad, tanto en equipo como en información, a lo que hay que añadir la eficacia y la enorme experiencia de combate de los milicianos de Hezbollah desplazados a Siria. Además, Irak ha optado por tratar de consolidar en el poder a Bashar, de manera que miembros de las milicias chiítas de ese país se han unido igualmente a la lucha. Por parte de la oposición, países como Arabia Saudí, Qatar o Turquía han aportado enormes recursos militares y financieros, en tanto que otros como Jordania o Israel han adoptado un perfil más bajo, pero de modo encubierto han otorgado cierta colaboración a algunos grupos opositores. Igualmente, cabe destacar la llegada de numerosos combatientes jihadistas desde muy diversos países, muchos de los cuales poseen ya una larga experiencia en conflictos como Chechenia, Líbano o Irak. También los países occidentales, como Francia, Reino Unido o Estados Unidos, han aportado su ayuda a la oposición, si bien con un grado de compromiso inferior al de Rusia, lo que ha creado entre los aliados de Washington en la región un cierto sentimiento de abandono, reprochando a la administración Obama el desentenderse de un conflicto que en algunas capitales es percibido como la ocasión para debilitar seriamente a Irán.

El transcurso del conflicto a lo largo de los últimos dos años nos ha mostrado la incapacidad de cualquiera de las partes para lograr una victoria definitiva. Así, tras una etapa en la que las deserciones dentro de las Fuerzas Armadas parecían sugerir una pronta caída del régimen, luego se han sucedido una serie de fases en las que cada uno de los bandos parecía estar llevándose la mejor parte, para luego verse frenado en sus avances, dando paso a una nueva etapa en la que era la otra parte la que pasaba a tomar la iniciativa. Estos súbitos giros se han debido sobre todo al papel jugado por otros países, los cuales han redoblado su ayuda hacia sus aliados cada vez que éstos se han hallado en una situación delicada. En otras palabras, el conflicto ha tendido al estancamiento ante la notable división de la población siria y de la propia comunidad internacional, convirtiéndose ahora mismo en el centro de rivalidades nacionales e internacionales. De este modo, distintas potencias emplean la arena siria para dirimir sus disputas, utilizando a los bandos en la guerra civil como agentes que contribuyen a la defensa de sus intereses, mientras que esos mismos bandos tratan de atraer la atención de las distintas potencias para que los apoyen. Con ello, Siria constituye el epicentro de las disputas que existen en la región, convergiendo tensiones derivadas de distintos contenciosos que están pendientes de solución.

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Una hipotética intervención militar exterior liderada por Estados Unidos, tal como ha sido sugerida por el Presidente Obama como reacción al hipotético empleo por parte de las Fuerzas Armadas sirias de armas químicas, tendría lógicamente un impacto en el equilibrio militar existente en la guerra civil. De hecho, algunas fuentes apuntan a que Washington habría tratado de establecer un acuerdo con el ELS para que éste se encontrara dispuesto a ocupar el poder en el caso de que un ataque norteamericano condujera a la caída del régimen de Assad. Sin embargo, el impacto dependería de las propias características de la operación, ya que si tuviera un carácter limitado y no implicara el despliegue de tropas norteamericanas, resulta muy poco probable que el mismo condujera al fin del régimen. Es cierto que un ataque limitado conllevaría inicialmente el bombardeo de centros de inteligencia, comunicaciones y defensa antiaérea, para después escoger otros objetivos como depósitos de armamento químico o convencional, bases militares, etc. Pero si de verdad se desea mermar seriamente la capacidad militar de las Fuerzas Armadas sirias, resultaría preciso que se desarrollara una larga campaña, que podría suponer desde una zona de exclusión aérea hasta el apoyo táctico desde el aire a las operaciones de los insurgentes. No obstante, ello estaría en contradicción con el carácter limitado de la operación sugerido por el Presidente, por lo que si prevalece esta visión, el efecto más probable sería el mejorar ligeramente la posición militar de los insurgentes, pero sin salir de un estancamiento a largo plazo, ya que los aliados de Assad tratarían de reponer rápidamente las pérdidas sufridas.

Ante esto, podemos preguntarnos cuáles son las dudas que hacen que Obama sea muy reticente a una intervención de largo alcance. En primer lugar, Estados Unidos ha intentado en los últimos años el reducir sus compromisos en el Oriente Medio, ante los enormes costes de Afganistán e Irak. Pero es que además ambos escenarios han mostrado que Washington tiene un gran poder para derribar a un régimen, pero su capacidad para influir en su sustituto resulta bastante más reducida. Por otra parte, una victoria militar en una guerra convencional puede no implicar más que el paso a un contexto de fractura interna e inestabilidad en un determinado país, con la consiguiente debilidad institucional y la proliferación de la violencia política. Precisamente, la crueldad con la que están operando ambos bandos en la guerra civil siria pone en evidencia que para cada uno de ellos la victoria del otro constituye una amenaza existencial para su permanencia en el país o su propia supervivencia. Y estos mismos temores existen dentro de los propios países occidentales, que piensan que un triunfo opositor pueda dar lugar a un régimen islamista radical sunní que destruya el pluralismo cultural y que conduzca al surgimiento de una nueva insurgencia por parte de las distintas minorías. De hecho, hay quienes creen que son las Fuerzas Armadas el principal elemento de cohesión dentro de un país en el que hoy en día prevalecerían las tensiones sectarias, que habrían sido acrecentadas por el propio desarrollo del conflicto. Ello supondría, tras una victoria opositora, la dificultad de crear unas instituciones inclusivas, por lo que un resultado no descartable sería el de un fraccionamiento de facto del país. Un claro ejemplo de ello se daría en el Noreste, donde las milicias kurdas se han situado al margen de la guerra civil y han aprovechado ésta para controlar el territorio.

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En definitiva, la guerra en Siria posee un alcance regional que no puede ser olvidado, el cual contribuye a la prolongación de la lucha mediante la ayuda exterior a los bandos en disputa. Por lo tanto, lo que resulta imprescindible es una amplia negociación a escala nacional e internacional que ofrezca garantías a todas las partes, evitando que éstas opten por la continuación de las hostilidades. De lo contrario, el resultado más probable es un conflicto estancado pero sujeto a mutaciones, tanto si hay intervención militar estadounidense como si no.


 

Saludos. 

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